La luz no busca ser admirada; busca iluminar.




Dios, el Altísimo, quiere elevar el rango de los santos
y desea que sus tumbas sean veneradas.
Ellos son grandes por sí mismos,
y no tienen necesidad de ser venerados.
La lámpara desea que se le ponga a cierta altura,
por los demás, no por ella misma.
Para ella no existe lo alto ni lo bajo;
en todos los sitios permanece luminosa,
pero busca que su luz llegue a los demás.
El sol, que está en lo alto del cielo,
seguirá siendo sol si estuviera en lo más bajo,
pero el mundo quedaría a oscuras.
No se ubica en lo alto para él,
sino para los demás.
En resumen,
a los santos les es indiferente lo alto o lo bajo
y el respeto que la gente les tenga.
Cuando te llega una partícula de alegría espiritual,
un instante de gracia del mundo invisible,
entonces desprecias lo alto y lo bajo,
los honores y las dignidades,
y hasta la familia más próxima,
y olvidas completamente
todas esas futilidades.

— Rumi, Fihi Ma Fihi


La luz no busca ser admirada; busca iluminar.

Rumi nos ofrece una de las imágenes más hermosas sobre la santidad. La lámpara no necesita estar en lo alto para ser lámpara, ni el sol deja de ser sol si cambiara de lugar. Su luz les pertenece por naturaleza. Sin embargo, se elevan para que su claridad alcance a todos.

Así sucede con los santos. Su cercanía con Dios no depende del reconocimiento de las personas, de los honores o de la veneración. Ellos ya han encontrado su riqueza en el Amado. Si Dios eleva su rango, no es porque ellos necesiten esa elevación, sino porque la humanidad necesita una luz que la oriente.

El santo es como el sol: mientras más alto parece estar, más lejos llega su luz. No se eleva por orgullo, sino por misericordia. Su existencia se convierte en un faro que recuerda a los corazones el camino hacia Dios.

Rumi concluye con una enseñanza aún más profunda: cuando el corazón prueba, aunque sea por un instante, la alegría que proviene del mundo invisible, todo aquello que antes parecía importante pierde su peso. Los honores, las posiciones, el prestigio y las apariencias se desvanecen ante la inmensidad de una sola chispa de la Luz divina.

Quizá esa sea la verdadera señal de quien ha sido tocado por el Amado: ya no busca ocupar un lugar elevado para ser visto, sino convertirse en una lámpara cuya luz pueda alcanzar, consolar y despertar a otros.

Rumi en el corazón de El Amado