■ El corazón cautivado por el mundo: Una reflexión sufí sobre la negligencia espiritual
Ḥaḍrat Mālik ibn Dīnār (que Allah tenga misericordia de él) pronunció una vez palabras que rasgan el velo de la inadvertencia (ghaflah) y despiertan al corazón dormido. Declaró que la mayor tragedia no es la pobreza material, sino un corazón que ha olvidado a su Señor. Una persona come de la mesa de la generosidad de Allah, vive por Su misericordia y respira por Su permiso; sin embargo, obedece a los susurros del ego (nafs) y de Satán.
Tal vida es la forma más profunda de ingratitud, pues las bendiciones provienen de Allah mientras que la lealtad se entrega a otro lugar.
La gente de perspicacia espiritual (baṣīrah) enseña que la verdadera prisión no está hecha de muros ni cadenas; es la prisión del apego a este mundo pasajero. La lengua puede proclamar fe, pero si el corazón está cautivado por los deseos mundanos, la dulzura de la fe (īmān) se desvanece gradualmente. La remembranza divina (dhikr) no puede asentarse plenamente en un corazón que ya está ocupado por el amor a la ganancia terrenal.
En el lenguaje de los sufíes, el mundo en sí mismo no está condenado; más bien, es el amor al mundo (ḥubb al-duniyā) lo que se convierte en un velo entre el siervo y su Señor. La riqueza, el estatus y las posesiones son inofensivos mientras permanezcan en las manos; pero cuando se asientan dentro del corazón, se convierten en ídolos que demandan adoración en silencio. El buscador está llamado, por lo tanto, no meramente a abandonar el mundo con el cuerpo, sino a extirpar el dominio del mundo de lo profundo de su alma.
Mālik ibn Dīnār compara la codicia con un océano sin fin en el cual los inadvertidos se ahogan voluntariamente. Cuanto más acumula una persona, mayor se vuelve su hambre. El ego nunca se satisface con las posesiones, porque su verdadero vacío no puede ser llenado por la creación. Solo el conocimiento, la remembranza y el amor de Allah pueden satisfacer el anhelo más profundo del alma.
Luego nos recuerda a Faraón, Nimrod, Qārūn y Shaddād: hombres que poseyeron reinos, riquezas y un poder inmenso. Sin embargo, cada uno de ellos partió de este mundo con las manos vacías. Sus tesoros se quedaron atrás, mientras que ellos solo llevaron sus acciones ante la Corte Divina. Sus historias son recordatorios vivientes de que la gloria mundana es simplemente una sombra pasajera, no una realidad eterna.
Según los maestros del camino espiritual, el mayor engaño de la vida mundana es que distrae al hombre de su verdadero destino. Uno pasa una vida entera persiguiendo sombras mientras olvida al Sol Eterno. A medida que el apego al mundo se profundiza, el corazón pierde su tranquilidad, la adoración se convierte en un hábito desprovisto de presencia, la remembranza pierde su dulzura y el alma vaga en una inquietud silenciosa.
Finalmente, describe al mundo como un fuego abrasador. Este fuego no es meramente la riqueza o las posesiones: es el fuego de la codicia, la arrogancia, la envidia, los deseos descontrolados y la servidumbre al ego. Quien se precipita hacia estas llamas como una polilla, inevitablemente se quema en ellas. Pero el buscador que se refugia en el contento (riḍā), la remembranza (dhikr), la confianza en Allah (tawakkul) y el amor sincero, queda protegido de este fuego consumidor.
La esencia de esta sabiduría es clara: No abandones el mundo únicamente con tu cuerpo; primero remueve su amor de tu corazón. Pues cuando el corazón se llena del amor de Allah, el mundo se convierte en nada más que un sirviente. Pero cuando el mundo ocupa el corazón, se convierte en un velo que oculta la luz de la intimidad divina (uns). Este, según los sufíes, es el verdadero significado del desapego espiritual (zuhd), la pobreza sagrada (faqr) y el viaje de regreso hacia Allah.
— Al-Sayyid Arfād Ḥusayn al-Jaʿfarī
■ Enseñanzas del Corazón.