Los hombres son así. Cuando alguien por caridad ofrece un
consejo, creen que le impulsa la envidia.
Sin embargo el que tiene sentido común termina por descubrir
la verdad, pues desde el día de Alast —pacto primordial—, ha adquirido gotas de
sabiduría. Estas gotas le protegen de las dudas y de las penas.
— Fihi Ma Fihi o El libro interior.
Mawlana Rumi.
Rumi nos recuerda que, cuando alguien ofrece un consejo con
buena intención, hay quienes lo reciben con sospecha y creen que detrás de sus
palabras existe envidia o una intención oculta. Sin embargo, dice Rumi, quien
posee verdadero sentido común termina descubriendo la verdad, porque desde el
día de Alast ha recibido en su interior gotas de sabiduría capaces de
protegerlo de la duda y de la confusión.
Pero ¿qué es Alast?
El Corán nos habla de un momento primordial, anterior a
nuestra existencia terrenal, en el que Allah reunió a las almas y les preguntó:
«¿Acaso no soy Yo vuestro Señor?». Y las almas respondieron: «Sí, damos
testimonio». Este acontecimiento es conocido en la tradición islámica como el
Pacto de Alast, tomado de la palabra árabe Alastu, que significa: «¿Acaso no
soy Yo?».
Según la visión espiritual del sufismo, aquella pregunta
quedó grabada en lo más profundo del ser. Antes de que comenzáramos nuestro
viaje por este mundo, hubo un reconocimiento. Una cercanía. Un testimonio.
Por eso, aunque el ser humano pueda olvidar, existe en él
una memoria secreta de lo Divino.
Quizá por eso Rumi habla de esas gotas de sabiduría.
Son como pequeñas gotas de aquella memoria primordial que
permanecen en el corazón.
Y cuando una palabra nace de la verdad, cuando una belleza
nos conmueve o cuando contemplamos algo que nos despierta el amor, tal vez no
estamos aprendiendo algo completamente nuevo: quizá estamos recordando.
El Corán dice: «¿Acaso no es con el recuerdo de Allah como
se tranquilizan los corazones?» (13:28).
El corazón, entonces, no solamente recibe: también recuerda.
Desde esta cosmovisión, la creación entera puede convertirse
en un lugar de contemplación.
Una flor, un árbol, el rostro de un niño, la inmensidad del
cielo o una palabra que llega en el momento preciso pueden ser signos que nos
devuelven hacia la Fuente.
La belleza deja de ser solamente estética y se convierte en
teofanía: una manifestación de los signos y atributos divinos en el mundo, un
velo que permite entrever la Presencia sin pretender contenerla.
Por eso, cuando una palabra toca el alma, cada persona la
recibe según la apertura de su propio corazón.
Hay quienes encuentran en ella consuelo, belleza y amor.
Hay quienes reconocen algo que ya estaba dormido dentro de
ellos.
Y también hay quienes se sienten incómodos, porque aquello
que despierta en otro un sentimiento de belleza puede rozar una herida, una
resistencia o una certeza demasiado arraigada.
El sufí aprende entonces a no responder al rechazo con
rechazo.
No necesita convencer a nadie.
No necesita luchar para demostrar que la belleza es bella.
Simplemente ofrece.
Como la flor ofrece su perfume.
Como el sol ofrece su luz.
Como la lluvia cae sobre la tierra sin preguntar quién la
recibirá.
Porque la belleza no obliga: revela.
Y quizá aquí encontremos una enseñanza profunda para nuestro
propio camino.
No todas las palabras están destinadas a todos los corazones
en el mismo momento.
Algunas personas pasan junto a una puerta y no sienten la
necesidad de abrirla.
Otras, en cambio, encuentran en ella algo que las llama
desde dentro.
Esas son las gotas de sabiduría de las que habla Rumi:
pequeñas luces que permiten reconocer la verdad cuando se presenta ante
nosotros, porque existe en el corazón una memoria más antigua que nuestras
opiniones.
Tal vez por eso, cuando una palabra llega al alma, no
siempre es porque alguien nos ha enseñado algo nuevo.
A veces es porque alguien ha pronunciado, sin saberlo, una
palabra que nuestro corazón ya conocía.
Una palabra que nos recuerda.
Una belleza que nos despierta.
Un amor que nos devuelve.
Quizá ese sea el misterio de Alast: que, en lo más profundo
de nosotros, existe una memoria del encuentro primordial.
Y que toda verdadera belleza, toda palabra nacida del amor y
toda contemplación sincera pueden convertirse en un camino de retorno hacia ese
recuerdo.
Por eso, ante la belleza de la creación, ante una palabra
que nos conmueve o ante aquello que despierta nuestro corazón, quizá podamos
detenernos y preguntarnos:
¿Qué es esto que reconozco?
Y tal vez, en el silencio de nuestro interior, encontremos
la respuesta:
Es algo que mi alma ya sabía.
Desde aquel día de Alast, llevamos una gota de esa
sabiduría.
Una gota que recuerda.
Una gota que reconoce.
Una gota que ama.
Y quizá todo nuestro viaje por este mundo no sea sino
aprender a escuchar nuevamente aquella pregunta primordial:
«¿Acaso no soy Yo vuestro Señor?»
Para que el corazón, después de tanto caminar, pueda
responder otra vez, no solamente con los labios, sino con toda su existencia:
Sí.
Te reconozco.
Siempre fuiste Tú.