■ Los Ojos del Corazón
Se dice que los corazones de los ʿārifūn (aquellos que conocen verdaderamente a Allah) poseen ojos que contemplan lo que los ojos de los observadores ordinarios no pueden ver.
Dentro del ser humano, dicen, hay un ojo interior conocido solo por aquellos a quienes Allah se lo ha abierto. Este ojo no es de carne, ni de nervios, ni de sangre.
Más bien, es una facultad puramente luminosa concedida por Allah a quien Él quiere de entre Sus siervos escogidos. Cuando este ojo se abre en el corazón de una persona, todo se transforma ante ella.
Comienza a percibir las cosas como realmente son, no meramente como aparentan ser. Pareciera leer los corazones de la gente como si fueran libros abiertos, percibiendo lo que yace detrás de los velos, más allá de las causas externas, e incluso atisbando lo que está por venir antes de que se desenvuelva.
Por esta razón, los primeros maestros distinguieron esta percepción como visión interior directa (al-naẓar al-ʿaynī), separándola de la vista física ordinaria —que ve solo las superficies y las formas externas— y de la perspicacia espiritual (baṣīrah), que percibe los significados pero desde la distancia.
Esta visión interior, decían, es como el sol que lo ilumina todo, no ocultando nada a su luz. Aquellos que se creía que poseían esta visión en tiempos antiguos vivían entre la gente como si pertenecieran a otro mundo.
Se decía que percibían a los ángeles rodeando las reuniones de remembranza (Dhikr), que presenciaban a los demonios huyendo de la mención de Allah, que veían las obras de la gente reflejadas en sus rostros y contemplaban los plazos fijados de las vidas extendidos ante ellos como caminos claros.
Así, sus palabras penetraban en los corazones antes de llegar a los oídos, y sus miradas traían consuelo a los afligidos, aliviaban ansiedades y disipaban la tristeza, no porque fueran médicos o sanadores, sino porque el ojo dentro de sus corazones percibía la raíz oculta de una enfermedad, reconocía su remedio y comprendía la necesidad no expresada de quien acudía a ellos antes de que fuera manifestada.
Muchos imaginaban que tales personas poseían poderes sobrenaturales o conocimiento de lo no visto (al-ghayb), mientras que ellos mismos entendían su percepción simplemente como ver lo que permanecía oculto para los demás porque Allah había iluminado los ojos de sus corazones.
Este ojo interior no se puede abrir mediante ilusiones, esfuerzo personal, ejercicios espirituales por sí solos ni demostraciones externas de devoción.
Es, sostenían ellos, un don Divino puro concedido a aquel cuyo corazón ha sido purificado, cuya alma se ha vuelto sincera y cuyo ser interior ha encontrado la tranquilidad. Por esta razón, consideraban tal visión extremadamente rara en todas las épocas.
Los primeros maestros hablaban de ella solo con gran reserva, sabiendo que si la gente se fascinaba con ella, muchos afirmarían poseerla mientras permanecían muy alejados de su realidad. Otros podrían imitar su apariencia externa careciendo de una verdadera parte de ella.
Por lo tanto, consideraban el ocultamiento más seguro que la discusión pública, pues una vez que los secretos sagrados se convierten en conversación común, a menudo se corrompen, se confunden y eventualmente se transforman en mercancías reclamadas por cualquiera.
Esto, creían ellos, sucedió cuando las generaciones posteriores comenzaron a hablar a la ligera sobre la perspicacia espiritual (baṣīrah), el develamiento (kashf) y el discernimiento intuitivo (firāsah), sin distinguirlos de esta visión interior más profunda.
Como resultado, los conceptos se confundieron y el significado original preservado por los primeros maestros se desvaneció gradualmente. En su verdadera realidad, esta visión interior directa no era considerada meramente develamiento, intuición o inspiración.
Más bien, representaba una transformación en los fundamentos mismos de la percepción humana, mediante la cual una persona parecía contemplar la realidad a través de un ojo que no reconocía ni colores, ni formas, ni distancias. Percibía la esencia, la intención y las realidades ocultas.
Algunas descripciones incluso hablan de percibir lo que Allah ha decretado antes de que los eventos se desenvuelvan, como si se leyera de la Tabla Protegida (al-Lawḥ al-Maḥfūẓ). Tales descripciones deben entenderse como expresiones encontradas en algunos escritos místicos, no como una doctrina islámica establecida.
Según estos relatos, el poseedor de esta visión ya no dependía de la inferencia, la conjetura o la especulación, sino de una certeza inmediata semejante a ver con los propios ojos.
Así como quien ve el sol no requiere prueba de que está brillando, decían, así quien verdaderamente contempla la realidad a través del ojo del corazón no busca confirmación externa.
Los maestros también describieron muchos grados de esta visión, conocidos solo por Allah. Algunos, decían, percibían lo que había dentro de los corazones y reconocían la sinceridad de la hipocresía, el amor del odio, la veracidad de la falsedad.
Otros describieron visiones de ángeles, luz Divina o los velos que separan a la creación de su Creador.
Otros más hablaban poéticamente de percibir cada partícula de la creación glorificando a su Señor, o de presenciar los signos de la Presencia Divina reflejados en toda la existencia, viendo belleza dentro de la fealdad, luz dentro de la oscuridad y misericordia oculta dentro de la dificultad.
Estos grados nunca fueron considerados como logros humanos, sino como dones Divinos que diferían según la pureza del corazón, la preparación del alma y la medida de la gracia Divina concedida al individuo. Cada grado, creían ellos, abría una puerta única de conocimiento espiritual inaccesible para otros.
Lo que quizás sea más notable es que aquellos descritos como poseedores de esta visión también eran retratados como las personas más humildes. Veían sus propias faltas antes de notar las faltas de cualquier otro.
Uno de ellos consideraba sus propios pecados como montañas gigantescas, mientras veía los pecados de los demás como pequeñas motas. En consecuencia, aumentaban en arrepentimiento, búsqueda de perdón y humildad con el corazón quebrantado ante Allah.
Se consideraban a sí mismos los más pobres y necesitados de Sus siervos, aun cuando otros los consideraban modelos de rectitud y piedad. Fue precisamente esta humildad la que convenció a las primeras generaciones de su sinceridad, pues raras veces hablaban de sus estaciones espirituales, dones milagrosos o develamientos místicos.
En cambio, temían que el ojo del corazón expusiera sus propias deficiencias ante Allah. Hoy en día, esta expresión ha desaparecido en gran medida de los escritos de muchos sheijs y del discurso religioso contemporáneo.
Como resultado, la visión interior directa (al-naẓar al-ʿaynī) se ha convertido en un término oscuro, a menudo confundido con la firāsah (discernimiento espiritual), el kashf (develamiento) o la intuición filosófica.
Sin embargo, la tradición mística más antigua la describía como algo completamente diferente: un ojo abierto dentro del corazón a través del cual una persona percibe realidades ocultas a la vista ordinaria.
Cuando tal persona miraba algo, lo veía desde dentro y no meramente desde fuera. Cuando miraba a otro ser humano, buscaba ver más allá de las apariencias externas. Cuando miraba a este mundo, lo consideraba como un sueño pasajero, indigno de consumir la vida de uno.
Según estos escritos, esta era la forma más elevada de conocimiento, un don concedido solo por Allah a quien Él quiere.
Una vez otorgado, transformaba cada aspecto de la vida de una persona, alterando no solo cómo percibía el mundo, sino también cómo juzgaba, vivía y distinguía la verdad de la falsedad, la luz de la oscuridad, y la guía de la desviación.
Esta, decían, era la "visión del corazón" insinuada por los primeros maestros y preservada en las páginas de antiguos manuscritos, abierta solo para aquellos cuyos corazones se habían vuelto capaces de ver lo que los ojos ordinarios no pueden contemplar.
Y solo en Allah Todopoderoso se encuentra el verdadero éxito.
■ Enseñanzas del Corazón.