Cuando la mente deja de buscar
Dice Farid al-Din Attar:
«Esta mente que por mucho tiempo elegí por mi guía la he dado por conocer a Dios.
Ahora que está próximo el fin, con esta mente débil, me entero precisamente de que nunca lo conocí.»
Hay una hora en el camino en que la mente, después de haber buscado, estudiado y pensado tanto, finalmente se rinde.
Entonces descubre que saber acerca del Amado no es lo mismo que Conocerlo.
La mente puede llevarnos hasta el umbral, pero no puede atravesarlo. Puede hablar de Dios, pero Dios no es un concepto que pueda ser encerrado en palabras.
El Amado no está frente a nosotros.
El Amado está en nosotros.
Por eso los pájaros de Attar emprenden su largo viaje en busca del Simurg. Creen que deben encontrarlo lejos, atravesando valles y desiertos. Pero al final, el viaje no los lleva hacia un Amado ausente.
Los lleva hacia el reconocimiento.
Porque quizá el buscador no es quien encuentra al Amado.
Es el Amado quien despierta en el buscador la sed de encontrarlo.
Y entonces comprendemos que la distancia era una ilusión.
No era Él quien estaba lejos.
Éramos nosotros quienes habíamos olvidado Su cercanía.
Por eso, cuando la mente finalmente dice:
«Ahora descubro que nunca lo conocí»,
el corazón puede responder:
«Quizá ahora que has dejado de creer que sabes, estás listo para conocer».
Y en ese instante, cuando la mente calla y el corazón recuerda,
el Amado se revela.
No como Aquel que llega,
sino como Aquel
que nunca se fue.
Rumi en el corazón de El Amado.