La Otra Creación (El Segundo Llegar a Ser)

 


■ La Otra Creación (El Segundo Llegar a Ser)

Ese instante en que el alma se desliza fuera del cuerpo es como una rama que se quiebra durante una tormenta: la rama no muere, sino que se convierte en la tormenta misma.

Es como si la muerte no fuera una partida de algo, sino el descubrimiento de algo dentro de ti que jamás conociste durante toda tu vida.

No eres este cuerpo que contemplas en el espejo.

No eres estos huesos que se disolverán bajo la tierra.

No eres este rostro que envejece y se llena de arrugas.

Eres otra cosa: algo que se está construyendo en secreto, algo que crece dentro de tu silencio, dentro de tu soledad, en aquellos momentos en que crees estar solo, aunque en realidad jamás lo estás.

Reflexiona sobre este milagro que acontece en lo más profundo de ti sin que seas consciente de ello.

Cada paso que das hacia la mezquita, cada mirada que apartas de aquello que está prohibido, cada bocado de alimento que entregas a una persona hambrienta, cada lágrima que derramas mientras estás prosternado… todas estas acciones no son simples movimientos pasajeros.

Son materiales ocultos de construcción, depositados en un lugar que ningún ojo puede contemplar: en las profundidades del alma, en ese reino conocido únicamente por Alá Todopoderoso.

Allí, silenciosamente, los hilos de la luz y de la oscuridad comienzan a entrelazarse, tejiendo para ti otro cuerpo; un cuerpo que ahora no puedes ver, pero que vestirás cuando todo llegue a su fin; cuando las máscaras caigan, cuando mueran los ojos que te observaban y permanezca únicamente tu verdadero rostro, en un mundo donde ya no existe el engaño.

No comprenderás la realidad de este nuevo cuerpo hasta que mueras.

Pero ya puedes percibir su fragancia dentro de tu corazón, en esa extraña sensación que te invade cuando rezas la oración del Fajr en la oscuridad de la noche, como si una mano invisible tocara tu hombro, como si alguien te contemplara con amor.

Ese sentimiento no es una ilusión.

Es el latido de ese otro cuerpo que comienza a tomar forma.

Es la voz de los huesos que aún no han nacido, diciéndote que no eres solamente un recipiente de carne y hueso.

Eres algo más grande; algo que espera emerger de su capullo, algo que suspira dentro de ti cada vez que te levantas para la oración del Duḥā.

Entonces llega el momento más profundo del silencio.

Cierras los ojos en la soledad y sientes que existe otra habitación dentro de ti.

Una habitación en la que jamás has entrado y que, sin embargo, recuerdas como si fuera un antiguo sueño.

En esa habitación contemplas tus obras como si fueran pequeñas estatuas vivientes.

La oración aparece como una cúpula de rubí.

La caridad aparece como un jardín floreciendo dentro de tu pecho.

En cambio, los pecados los contemplas como profundas heridas sobre el muro de tu alma.

Y allí, en esa habitación invisible para todos, se está cosiendo el vestido que llevarás el Día de la Resurrección.

Puntada tras puntada.

Con cada unidad de oración.

Con cada glorificación de Alá.

Con cada lágrima.

El sastre permanece oculto, pero sientes el movimiento de su aguja en lo más profundo de tu ser.

Lo percibes cada vez que recuerdas a Alá.

Esa misteriosa dulzura que corre por tus venas no es otra cosa que el sonido de la aguja atravesando el tejido de tu alma.

Y cuando la costura se hace más firme y el tejido adquiere mayor armonía, comienza a desplegarse una visión completamente nueva.

Es como si un delicado velo fuera retirado del ojo del corazón.

Entonces ya no contemplas la tumba como un hoyo cavado en la tierra, sino como un nuevo vientre que te da a luz hacia otra vida.

Sí.

Crees que la muerte es el final.

Pero, en realidad, es el nacimiento más grande de todos.

El niño que vive en el vientre de su madre no sabe que un día saldrá al mundo.

Del mismo modo, el ser humano, mientras vive en este mundo, ignora que habrá de nacer a una existencia superior, donde ya no existen el tiempo ni el espacio, donde ese nuevo cuerpo se convierte en el espejo que refleja tu realidad eterna.

Todo cuanto construyas aquí, allí lo contemplarás.

Todo cuanto ocultes aquí, allí será revelado.

Todo cuanto siembres en la oscuridad de la noche aquí, allí lo cosecharás bajo un sol resplandeciente.

Y hay una última pregunta que todo cuanto hay dentro de ti susurra:

¿Eres realmente el único que construye este cuerpo?

¿O existe Alguien que está tejiendo para ti hilos de los cuales ni siquiera eres consciente?

Porque cuando pecas, sientes un extraño peso sobre tu espalda.

Y cuando te arrepientes, sientes una ligereza que te eleva hacia los cielos.

Ese peso y esa ligereza no son imaginaciones.

Son partes de tu otro cuerpo.

El cuerpo que crece o se marchita según permanezcas en el error o regreses mediante el arrepentimiento.

Por ello, no te burles de quien llora durante la prosternación.

Él está construyendo los ojos con los que contemplará el Reino de los Cielos.

No menosprecies a quien camina descalzo hacia la mezquita.

Él está construyendo los pies con los que cruzará el Ṣirāṭ con la velocidad del relámpago.

No desprecies las lágrimas de los pecadores.

Porque esas lágrimas hacen brotar jardines dentro de sus corazones, jardines que jamás se marchitarán.

Pues aquello que ha sido construido con luz no puede ser destruido por la tierra.

Y aquello que ha sido tejido con el espíritu jamás podrá desgarrarse por el paso de los días.

Y el día en que abras los ojos allí, en ese lugar de reunión donde el sol jamás se pone, contemplarás tu nuevo cuerpo y verás en él absolutamente todo:

Cada mirada.

Cada palabra.

Cada paso.

Todo estará grabado sobre él como una marca eterna que nunca podrá borrarse.

Entonces llorarás o te llenarás de alegría según aquello que tus propias manos hayan enviado por delante durante esta vida terrenal.

Y comprenderás entonces que no estabas simplemente construyendo un palacio para ti mismo.

En realidad, estabas construyendo un espejo que reflejara el Rostro de Alá Todopoderoso, Aquel que te contempló durante toda tu vida.

Entonces el alma se dirá a sí misma:

«¿Era este el secreto que ocultaban? ¿Que en realidad nunca estuve muerto… sino que solamente estaba esperando nacer?»

■ Enseñanzas del Corazón.