El universo siempre está hablando.
Hay una manera de mirar el mundo que se queda en las formas, y hay otra que atraviesa las formas para contemplar aquello que en ellas se manifiesta. Para quien vive distraído, la existencia parece estar compuesta de cosas separadas: seres, acontecimientos, encuentros y despedidas. Pero para el corazón que despierta, todo es signo. Todo habla. Todo señala.
El universo entero es un inmenso libro abierto. Cada existencia es una palabra y cada acontecimiento, una letra de un discurso que nunca termina de revelarse.
El Corán nos dice: «No hay cosa alguna que no Lo glorifique con Su alabanza, pero vosotros no comprendéis su glorificación.» (Corán 17:44).
Toda la creación sabe de Allah. Todo Lo glorifica. Todo, en su propio lenguaje, está en recuerdo de Él. La piedra es piedra ante su Señor. El árbol es árbol ante su Señor. El ave vuela bajo Su decreto. Cada criatura vive en la realidad para la que fue creada y, en su propio modo de ser, testimonia a su Creador.
Pero el ser humano tiene una condición singular: puede olvidar. Puede distraerse. Puede vivir rodeado de signos y no reconocerlos. Puede contemplar el mundo entero y no escuchar lo que el mundo está diciendo. Y quizá aquí se encuentre uno de los misterios más profundos de nuestra condición: si podemos olvidar, también podemos recordar; si podemos alejarnos, podemos regresar; si podemos vivir en la ghafla, en el olvido y la distracción, podemos despertar al dhikr, al recuerdo.
Quizá por eso los signos están por todas partes. Porque mientras toda la creación Lo glorifica, el ser humano necesita ser despertado. Necesita que algo lo detenga, que algo lo conmueva, que algo le devuelva la mirada hacia el origen.
El Corán dice:
«Les mostraremos Nuestros signos en los horizontes y en ellos mismos, hasta que les resulte evidente que Él es la Verdad.»
(Corán 41:53).
En los horizontes. Y en nosotros mismos. Los signos están delante de todos, pero no todos los reconocen.
Y aquí la mirada de Ibn ʿArabī nos conduce hacia una profundidad extraordinaria. Al reflexionar sobre esta aleya en Al-Futūḥāt al-Makkiyya, expresa:
««La contemplación de esos signos que están en los horizontes y en él mismo le esclarece que Él es lo Real, nada más.»»
— Ibn ʿArabī, Al-Futūḥāt al-Makkiyya, II, 150.
Entonces comprendemos que los signos no son el destino. Son el camino. La creación entera puede convertirse en una llamada al recuerdo. La belleza puede despertarnos. El dolor puede despertarnos. La fragilidad puede despertarnos. Un encuentro puede despertarnos. Incluso aquello que jamás hubiéramos considerado digno de nuestra atención puede convertirse, de pronto, en un maestro.
El Corán nos ofrece una imagen conmovedora de ello en la historia de Qābīl y Hābīl. Después de que Qābīl mata a su hermano, Allah envía un cuervo que escarba la tierra para mostrarle cómo ocultar el cuerpo de su hermano. Entonces Qābīl exclama:
«¡Ay de mí! ¿Es que no soy capaz de ser como este cuervo y ocultar el cadáver de mi hermano?» (Corán 5:31).
Qué misterio tan profundo. El ser humano, que se considera capaz de dominar y comprender, recibe una enseñanza de una criatura. El cuervo no pronuncia un discurso. No explica. No argumenta. Simplemente actúa. Y en su acto, para quien sabe mirar, hay una enseñanza. La criatura se convierte en maestra. La naturaleza se convierte en signo. Y el ser humano, que había olvidado cómo comportarse, aprende de aquello que estaba delante de sus ojos.
Quizá esto nos revela algo esencial: Allah no solamente nos habla a través de las palabras reveladas. También nos habla a través de Su creación. El universo es una revelación que se contempla. El Corán es una revelación que se recita. Y entre ambos existe una correspondencia misteriosa. Una nos habla en palabras. La otra nos habla en signos.
Por eso, el buscador aprende lentamente a contemplar. Ya no mira solamente la flor: contempla la Belleza. Ya no contempla solamente el cielo: reconoce la Grandeza. Ya no recibe solamente la misericordia: reconoce a Ar-Raḥmān. Y cuando contempla su propia fragilidad, descubre su indigencia ante Aquel que es Al-Ghaniyy, el Absolutamente Rico.
Poco a poco, la mirada se purifica. Y el mundo comienza a cambiar. No porque el mundo haya cambiado, sino porque ha cambiado el corazón que lo contempla. Entonces aquello que parecía mudo comienza a hablar. Aquello que parecía separado comienza a revelar su unidad. Y el buscador comprende que los signos no le fueron dados para detenerse en ellos, sino para atravesarlos con la mirada del corazón.
La flor no es el final de la mirada. El cielo no es el final de la contemplación. El cuervo no es el final de la enseñanza. Todo conduce más allá de sí mismo. Todo señala. Todo recuerda. Todo glorifica.
Y el ser humano, que puede olvidar, está rodeado de una creación que no ha olvidado. Quizá por eso, cuando nosotros dejamos de recordar, algo en la existencia comienza a llamarnos: un amanecer, una palabra, una pérdida, una belleza inesperada, una criatura, un silencio, un signo en los horizontes, un signo en nuestra propia alma.
Hasta que algo en nosotros despierta y comprende:
Siempre estuvo hablando.
Siempre estuvo llamando.
Siempre estuvo señalando hacia Él.
Y entonces descubrimos que el universo entero es una invitación al dhikr. Que la creación no está separada de la alabanza. Que todo ser, desde su propio lugar, conoce a su Señor. Y que quizá el misterio del ser humano consiste precisamente en esto: que puede olvidar a Allah para después volver a Él con un recuerdo consciente.
No porque haya encontrado algo nuevo, sino porque ha despertado a aquello que siempre estuvo presente.
Y entonces los signos de los horizontes y los signos de nuestra propia alma nos conducen a la certeza de la que habla el Corán: «...hasta que les resulte evidente que Él es la Verdad.»
Al-Ḥaqq.
Lo Real.
Y finalmente comprendemos:
La creación entera Lo recuerda.
La creación entera Lo glorifica.
La creación entera habla de Él.
Y cuando el ser humano olvida, el universo entero puede convertirse en una llamada para que recuerde.
Así, cada cosa puede ser una puerta. Cada belleza, un espejo. Cada criatura, una enseñanza. Cada signo, un regreso.
Hasta que el corazón despierta y comprende que nunca estuvo realmente lejos.
Porque detrás de cada signo estaba Él.
Delante de cada signo estaba Él.
Y hacia Él conducían todos los caminos.
Mírame.
Contémplame.
Pero no te detengas en mí.
Atraviesa el signo.
Recuerda.
Y reconoce a Aquel hacia quien todo señala.
Rumi en el corazón de El Amado.
Nota:
El Corán no menciona los nombres de Caín y Abel. La historia aparece en Sūrat al-Māʾidah, 5:27–31, donde se habla de ellos simplemente como:
«los dos hijos de Adán» (ibnay Ādam — ابني آدم).
Los nombres Qābīl (قابيل) y Hābīl (هابيل) proceden de la tradición islámica posterior, principalmente de relatos de qiṣaṣ al-anbiyāʾ (historias de los profetas) y otras fuentes tradicionales.
Por tanto, se identifican tradicionalmente con Caín y Abel, pero esos nombres no están en el texto coránico.