La Realidad Oculta y el Despliegue de la Creación: Una Reflexión sobre la Metafísica Daoísta

 


La Realidad Oculta y el Despliegue de la Creación: Una Reflexión sobre la Metafísica Daoísta

La visión daoísta del origen oculto de la existencia y la contemplación sufí de la Realidad Divina comparten una profunda semejanza simbólica: ambas comienzan con el reconocimiento de que el universo visible emerge de una Realidad invisible que está más allá de la percepción ordinaria.

Los sabios del Dao hablan del Dao como la fuente innombrable:

«Lo Innombrable es el principio del Cielo y de la Tierra.»

De este origen misterioso surge el movimiento de la existencia: el Gran Último (Taiji), la interacción del Yin y el Yang y el armonioso despliegue del cosmos.

La creación es percibida como una expresión continua de un orden oculto, donde los opuestos se complementan mutuamente y todas las cosas retornan a su equilibrio primordial.

Los maestros sufíes hablan igualmente de una Realidad que está más allá de todas las formas y limitaciones.

Sin embargo, el fundamento de la metafísica sufí no es un principio impersonal, sino el Ser Absoluto de Allāh, el Eterno, el Viviente, Aquel que existía antes de la creación.

▪︎ El Mensajero de Allāh ﷺ dijo:

«Allāh era, y no había nada además de Él.»

Para el sufí, antes de los cielos y de la tierra, antes del tiempo y del espacio, existía solamente la Realidad Divina.

La Esencia de Allāh (al-Dhāt) está más allá de toda imaginación, comparación y comprensión.

Como enseña Muḥyiddīn Ibn ʿArabī (que Allāh Todopoderoso santifique su secreto), la creación no emerge de la Esencia Divina misma, pues la Esencia permanece eternamente oculta y más allá de toda manifestación.

Más bien, el cosmos aparece mediante el tajallī (la auto-manifestación divina) de los Nombres y Atributos de Allāh.

▪︎ El famoso dicho sagrado:

«Yo era un Tesoro Oculto y amé ser conocido; por ello creé la creación.»

Aquí encontramos un paralelo con el pensamiento daoísta: ambas tradiciones consideran que el universo fluye desde una Realidad invisible.

Sin embargo, la comprensión sufí está arraigada en la Voluntad, el Conocimiento y el Amor divinos.

La creación no es un despliegue accidental ni una emanación necesaria de una fuente impersonal; es el acto deliberado del Creador.

La escuela akbariana describe la existencia mediante niveles del ser (marātib al-wujūd): la Unidad Absoluta (Aḥadiyyah), la Unicidad Divina (Wāḥidiyyah), el mundo de los espíritus, el mundo imaginal y, finalmente, el mundo físico.

Cada nivel refleja un desvelamiento más profundo de los Nombres Divinos, mientras que la Esencia permanece intacta y no es afectada por ninguna manifestación.

El Shaykh ʿAbd al-Karīm al-Jīlī (que Allāh Todopoderoso santifique su secreto) expresó una visión semejante al describir el cosmos como el escenario donde las Perfecciones Divinas llegan a ser conocidas, mientras que la Realidad Absoluta permanece más allá de toda percepción creada.

Del mismo modo, el Imām al-Ghazālī (que Allāh Todopoderoso santifique su secreto) enseñó que el universo es un signo que apunta más allá de sí mismo.

El mundo creado no es la Realidad Divina en Sí misma, sino un espejo que refleja Su Sabiduría, Su Belleza y Su Poder.

Aquí reside la semejanza más profunda y, al mismo tiempo, la mayor diferencia:

Tanto el daoísmo como el sufismo perciben que la multiplicidad surge de una unidad oculta.

Ambos enseñan que las formas dispersas de la creación ocultan una armonía subyacente.

Ambos invitan al buscador a ir más allá de las apariencias superficiales y despertar a una Realidad más profunda.

Sin embargo, sus conclusiones difieren de manera fundamental.

Para el daoísmo, el Dao es el principio inefable del que surgen todas las cosas y al que todas las cosas retornan.

Para el sufí, la Fuente es Allāh: un Creador Viviente, Omnisciente, Amoroso y Dotado de Voluntad, que jamás está contenido por Su creación.

▪︎ El Corán declara:

«No hay nada en absoluto semejante a Él, y Él es el Oyente, el Vidente.»
(42:11)

▪︎ Y:

«Su mandato, cuando quiere una cosa, consiste solamente en decirle: "¡Sé!", y ella es.»
(36:82)

El camino sufí, por tanto, no consiste en un retorno a un principio cósmico impersonal, sino en un retorno a Allāh mediante la servidumbre (ʿubūdiyyah), el recuerdo (dhikr), el amor (maḥabbah) y el conocimiento directo (maʿrifah).

El Shaykh Ibn ʿAṭā' Allāh al-Iskandarī (que Allāh Todopoderoso santifique su secreto) recuerda bellamente al buscador:

«Las ramas de la humillación se fortalecen por las raíces de la servidumbre.»

La realización suprema no consiste en la desaparición del siervo en un absoluto indefinido, sino en la purificación del corazón hasta que se convierta en un espejo pulido que refleje los Nombres Divinos.

Así, mientras la sabiduría daoísta habla del retorno a la armonía del Dao, el sufí habla del retorno a la Presencia de Allāh.

El universo es un libro de signos (āyāt), cada criatura es un testigo de la Sabiduría Divina y cada instante es una invitación a reconocer a Aquel cuya Esencia permanece para siempre más allá de todos los nombres, formas y limitaciones.

El sabio daoísta busca la armonía con la fuente oculta de la existencia; el sufí busca la intimidad con el Señor de la existencia.

■ Enseñanzas del Corazón.