El maestro sufí y quienes compartimos su luz
Deseo compartir lo que significa, desde el sufismo, ser un
maestro.
Un maestro sufí es un hombre, y mujer que tiene una enorme responsabilidad ante el
Amado, pues es guía para sus discípulos. Ha atravesado diversas estaciones del
alma y, a través de ese camino, ha procurado convertirse en un espejo limpio
donde pueda reflejarse la Luz del Amado.
Por ello, en la tradición sufí, los maestros son reconocidos
como santos —awliyā’—, por la cercanía
de sus corazones a Allah y por la transformación que se manifiesta en sus
vidas.
El maestro conoce su propia realidad y, a través de ese
conocimiento, conoce al Amado. Guarda un secreto que le ha sido confiado por
Dios; un secreto que no es suyo para poseer, sino una luz que se transmite y
que guía, fortalece, educa y señala el camino.
Su enseñanza se sostiene en el Corán, la Sunna, los hadices,
la sabiduría recibida y la enseñanza de su propio maestro. Su misión es
acompañar al discípulo en la senda espiritual, orientándolo hacia un único
destino: el encuentro con el Amado.
En el camino sufí, el maestro no es el destino. Es quien
señala el camino hacia Él.
Esta página presenta a Rumi como uno de los grandes
exponentes de la tradición sufí. Sin embargo, también comparte frases, poemas y
enseñanzas de muchos otros maestros. Que Rumi tenga una presencia más destacada
no significa que sea «más» que los demás, sino que su obra ha llegado al
corazón de personas de muchas partes del mundo.
Rumi, Shams de Tabriz, Ibn Arabi y tantos otros maestros
son, cada uno en su medida y en su estación, lámparas que apuntan hacia una
misma Luz.
Y la Luz pertenece únicamente al Amado.
Quienes compartimos sus frases, sus poemas y sus enseñanzas
no somos maestros. Somos, en el mejor de los casos, expositores y servidores de
una sabiduría que nos precede. Nos apoyamos en aquello que ellos escribieron,
vivieron, mostraron e iluminaron para sus discípulos.
Quien tiene la fortuna de acercarse a un verdadero maestro
tiene la fortuna de encontrarse con una dimensión de la espiritualidad del
Islam que no se limita a las palabras, sino que se transmite también a través
de la presencia, el ejemplo y la transformación del corazón.
Quienes compartimos la mística sufí lo hacemos, o deberíamos
hacerlo, por amor: por el amor que un maestro manifiesta hacia las criaturas de
Dios, y por el amor a Dios que sostiene ese amor. La responsabilidad de un
maestro es inmensa y, en la conciencia sufí, su misión no termina simplemente
con la muerte. La tradición continúa a través de quienes reciben la confianza y
la responsabilidad de sucederle, para que sus discípulos no queden desprovistos
de guía y para que la cadena de transmisión de la enseñanza pueda continuar.
Por eso, quienes publicamos estas enseñanzas hemos de
recordar siempre nuestro lugar.
Una publicación jamás podrá sustituir la presencia de un
maestro vivo ni la relación profunda entre el maestro y sus discípulos. Las
palabras pueden orientar, inspirar y despertar una pregunta en el corazón, pero
no reemplazan la compañía de quien ha recorrido el camino y ha sido encargado
de guiar a otros por él.
También hemos de permanecer atentos a nuestro propio ego.
Que alguien nos llame «maestro» puede convertirse, si no somos cuidadosos, en
un velo para el corazón. El ego puede apropiarse incluso de aquello que nació
del deseo de servir.
Por eso, quien comparte la enseñanza ha de volver una y otra
vez al recuerdo y a la humildad:
Sin el Amado, esta página no tendría sentido.
Sin Rumi, no tendría estas palabras.
Sin Shams de Tabriz, no comprenderíamos muchas de las
huellas que dejó el amor.
Sin Ibn Arabi y tantos otros maestros, nuestro horizonte
sería mucho más pequeño.
Todo lo que aquí se comparte nace de una herencia que no nos
pertenece.
Y también hemos de reconocer que, detrás de cada
publicación, existe una persona humana que puede equivocarse. Una página
dedicada a la espiritualidad no está exenta de errores, porque quien la
sostiene es humano. Por ello, debemos tener la humildad de reconocerlos,
corregirlos y aprender.
El verdadero maestro no necesita que la luz sea atribuida a
su persona.
La lámpara no es como el Sol.
La lámpara sólo permite que la luz sea vista.
Así también, los maestros son lámparas; los discípulos,
caminantes; y quienes compartimos sus palabras, apenas quienes intentamos
mantener encendida una pequeña llama para que otros puedan encontrar el camino.
Pero la Luz no pertenece a la lámpara.
La Luz pertenece únicamente al Amado.
