Estar enamorado
se manifiesta a través
del dolor del corazón:
no hay enfermedad comparable
al dolor del corazón.
El mal del amante
es distinto de todos los demás
males:
el amor es el astrolabio
de los misterios de Dios.
Ya sea que el amor provenga
de este lado —terrenal—
o de ese lado —celestial—,
al final nos lleva más allá.
Todo lo que digo
en la exposición y explicación del
Amor,
cuando llego al Amor en sí mismo,
me avergüenzo de esa explicación.
Aunque el comentario de la lengua
lo deja todo claro,
el amor sin lengua
es aún más claro.
Mientras la pluma escribía a toda
prisa,
se partió sobre sí misma
en cuanto llegó a la palabra Amor.
Al exponerlo, el Amor,
el intelecto se tumbó, indefenso,
como un asno en el lodo:
fue el Amor, solo,
el que pronunció la explicación
del amor y del acto de amar.
La prueba del Sol
es el Sol mismo:
si necesitas la prueba,
¡no apartes tu rostro de él!
Si la sombra da una indicación de
él,
el Sol mismo
da luz espiritual
en cada momento.
— Fragmento del cuento: "La hermosa sirvienta"
— Rumi, Masnavi, Libro I
Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos enfermado de
amor. Hemos conocido ese dolor extraño en el pecho, ese anhelo, la ausencia, la
espera y esa nostalgia que parece venir de un lugar que no sabemos nombrar. En
el comienzo del Masnavi, Rumi nos conduce hasta el lecho de una sierva enferma.
Los médicos examinan su cuerpo y buscan remedios, pero ninguno alcanza la raíz
de su padecimiento. Entonces llega un sabio que sabe mirar más profundamente:
escucha aquello que no ha sido dicho y descubre que existe una enfermedad del
corazón que no puede ser curada por la medicina ordinaria, porque el mal del
amante es distinto de todos los demás males.
Y entonces Rumi nos entrega una de sus más bellas palabras:
«El amor es el astrolabio de los misterios de Dios.» El astrolabio servía para
orientarse hacia los cielos; así también, el Amor puede convertirse en el
instrumento secreto que orienta al corazón hacia lo invisible. A veces creemos
amar a una persona, un rostro o una presencia, y sin embargo, detrás de ese
amor puede esconderse un anhelo mucho más profundo: el anhelo de lo Infinito.
Por eso Rumi dice que, ya venga el amor de este mundo o del otro, al final
puede llevarnos más allá: más allá de nosotros mismos, más allá de nuestras
pequeñas fronteras, más allá de ese yo que busca poseer y comprender.
Pero cuando Rumi llega ante el misterio del Amor mismo,
reconoce el límite de las palabras: «Todo lo que digo en la exposición y
explicación del Amor, cuando llego al Amor mismo, me avergüenzo de esa
explicación.» Qué hermosa humildad la de quien sabe que las palabras pueden
señalar el camino, pero no pueden sustituir la experiencia. Podemos hablar del
Amor durante toda una vida, escribir libros y pronunciar miles de palabras;
pero cuando el corazón se encuentra verdaderamente ante el Misterio, la lengua calla,
la pluma se rompe y el intelecto se inclina. Porque hay cosas que se conocen
explicándolas y otras que solo pueden conocerse viviéndolas. Y así Rumi nos
dice que fue el Amor mismo quien explicó el amor.
Quizá por eso el corazón enamorado sufre. No todo dolor es
una herida que viene para destruirnos; hay dolores que son llamadas, que nos
despiertan de la distracción y nos devuelven a aquello que verdaderamente
importa. El corazón comienza buscando una forma y termina buscando lo Infinito;
comienza amando algo visible y descubre, detrás de lo visible, una belleza que
no tiene forma; comienza pronunciando palabras y termina en silencio. Tal vez
por eso el Amor es un astrolabio: porque incluso aquello que comienza en la
tierra puede convertirse en una puerta hacia el cielo.
Y entonces Rumi nos conduce hasta el Sol: «La prueba del Sol
es el Sol mismo.» Si necesitamos demostrar que existe la luz, no cerremos los
ojos para buscar otra evidencia: abramos los ojos y miremos. La sombra puede
indicarnos que el Sol existe, pero la sombra no es el Sol. Así también,
nuestras palabras sobre Dios, sobre el Amor y sobre la Verdad son apenas
sombras que apuntan hacia una realidad infinitamente mayor. Podemos hablar del
Amado, escribir poemas sobre Él, pronunciar Su Nombre y buscarlo en las
palabras de los maestros; pero llega un momento en que toda palabra debe
inclinarse ante la Presencia.
La sombra puede señalar la luz, pero solo la luz puede
iluminar.
Y quizá, al final de nuestro viaje, descubramos que el Amado nunca estuvo lejos; que aquel dolor que nos hacía buscar era ya una forma de Su llamada, y que aquel anhelo que nos hacía llorar era ya una forma de Su cercanía. Hasta comprender que la prueba del Amor es el Amor mismo, como la prueba del Sol es su luz. Y cuando la pluma se rompe, cuando la lengua calla y el intelecto se rinde, entonces comienza a hablar aquello que ninguna palabra puede contener: el Amor.
Y el Amor, como el Sol, no necesita otra prueba que su
propia luz.
Texto: Rumi en el corazón de El Amado.