Masnavi IV


Desde lejos él (Salomón) discernió que para ella (Bilqís, reina de Saba),
que seguía el camino de la resignación,
era amargo separarse de su trono.

Si explico la razón
por la que ella tenía ese amor y complacencia hacia su trono,
(el discurso) se hará (demasiado) largo.

Aunque esta pluma de caña
es en realidad algo insensible
y no es homogénea con el escritor,

(sin embargo)
es una amiga familiar para él.

Así mismo,
cada herramienta de un artesano,
aunque inerte,
es la amiga íntima del espíritu del Hombre.

Esta razón la habría explicado con precisión,
si no hubiera cierta humedad (oscuridad)
en el ojo de su entendimiento.

Masnavi IV 
Mevlana Jalaludin Muhammad Rumi. 

El trono que se entrega, el corazón que despierta

Salomón vio desde lejos el secreto del corazón de Bilqís: ella caminaba por la senda de la resignación, pero aún había una dulzura y un peso en separarse de aquello que había amado. No era solamente un trono de oro; era una imagen donde su alma había depositado una parte de sí misma.

Así sucede con el ser humano: no se apega únicamente a las cosas, sino a las luces que cree encontrar en ellas. Amamos los lugares, los rostros, los objetos, los dones y las obras porque en ellos se manifiesta una huella de la Belleza divina. Cada criatura es una teofanía: una ventana por donde el Misterio se deja contemplar.

El problema no está en amar la creación, sino en olvidar al Creador dentro de la creación.

El Corán nos recuerda:
“Todo cuanto existe en la tierra perecerá, y permanecerá el Rostro de tu Señor, dueño de majestad y honor.” (Corán 55:26-27)

El desapego no es una negación del mundo; es una purificación de la mirada. No significa romper la pluma porque es de caña, ni despreciar la herramienta porque es inerte. Rumi nos muestra una delicada paradoja: incluso aquello que parece sin vida puede convertirse en compañero íntimo del espíritu, porque el corazón humano recibe a través de las formas los signos de lo Invisible.

La pluma del escritor, aunque sea una simple caña, guarda la memoria de su mano. El instrumento del artesano, aunque no tenga alma propia, participa del alma de quien lo utiliza. Así también las cosas que amamos pueden ser puentes hacia Dios cuando son contempladas como signos, no como posesiones.

El apego dice: “Esto es mío y sin esto no puedo ser completo”.
El amor verdadero dice: “Esto viene de Él y por eso lo honro, pero no lo encierro en mi posesión”.

Bilqís tuvo que entregar su trono para encontrar un Reino mayor. El trono exterior debía inclinarse ante el Trono interior del corazón. La verdadera realeza comenzó cuando dejó de ser gobernada por aquello que gobernaba.

En la visión sufí, toda belleza es una invitación al retorno. El rostro amado, la obra creada, la palabra escrita, la tierra, el cielo y las estrellas son velos luminosos: no para detenernos en ellos, sino para atravesarlos hasta la Fuente.

El corazón purificado no pierde las cosas; las contempla de otra manera. Ya no ama por miedo a perder, sino por gratitud por haber recibido.

Porque el desapego más elevado no es dejar de amar las formas, sino amar en cada forma al Único que se revela.

Rumi en el corazón de El Amado.

Cierra los ojos

Una de las bendiciones más grandes que podemos recibir, es darnos cuenta que nuestra verdadera búsqueda en prácticamente todo lo que perseguimos siempre ha tenido que ver, no con un mundo externo, sino con un MUNDO INTERNO de mejor calidad...

Mevlana Rumi

Nosotros mismos


“El filósofo viene a negar la existencia del demonio…
y al mismo tiempo, el demonio lo posee.” 

Esta es una de las enseñanzas más incómodas del Masnavi.

Porque Rumi no describe al mal como algo lejano,
grotesco o fácil de reconocer.

Lo describe como algo capaz de esconderse incluso dentro de la inteligencia, la religión, el conocimiento y la búsqueda espiritual.

“El filósofo,” dice Rumi, niega al demonio… mientras ya está siendo movido por él.

¿Por qué?

Porque el ego tiene una habilidad aterradora: puede disfrazarse de luz.

Por eso Rumi dice:

“De noche, la moneda falsa se mezcla con el oro verdadero.”

En la oscuridad, todo puede parecer auténtico.

El ego puede imitar sabiduría.
La actuación puede imitar espiritualidad.
El ruido puede imitar confianza.
El encanto puede imitar amor.
La información puede imitar entendimiento.

Y durante un tiempo, la moneda falsa circula junto al oro verdadero.
Pero luego llega el amanecer.
Y la luz revela lo que la oscuridad ocultaba.

Entonces se descubre que muchas veces aquello que parecía fortaleza era orgullo.

Aquello que parecía conocimiento
era vanidad.

Aquello que parecía espiritualidad era solamente hambre de admiración.

Por eso los sufíes no insistían únicamente en aprender ideas.
Insistían en pulir el corazón.
Porque un corazón impuro puede usar incluso la verdad para alimentar el ego.

Rumi incluso lanza una advertencia brutal:
“Si no has visto al demonio… mírate a ti mismo.”

No porque el ser humano sea pura oscuridad.
Sino porque las peores cadenas son aquellas que no sabemos que llevamos puestas.

Y quizá esa es una de las razones por las que el sufrimiento existe.

Porque el tiempo, la pérdida, el silencio, las decepciones y las caídas terminan separando lentamente el oro verdadero de la falsificación.
Las máscaras no sobreviven para siempre.
La moneda falsa no puede brillar eternamente.

Y tarde o temprano, todo ser humano descubre qué parte de sí era oro… y qué parte era solamente baño de pintura espiritual.

Tal vez la verdadera espiritualidad comienza ahí:
cuando dejamos de intentar parecer luminosos… y comenzamos a pedir, con honestidad, ser transformados.

— Inspirado en el Masnavi de Rumi  
Traducción basada en R. A. Nicholson

Búsqueda

Muéstrame tu rostro,  
porque el huerto y el jardín de rosas son mi deseo.

Abre tus labios,  
porque el azúcar abundante de tu palabra es mi deseo.

Oh Sol de la Belleza,  
sal un instante de detrás de las nubes,  
porque ese resplandor que incendia el alma  
es lo único que realmente busco.


El mundo entero ofrece pequeñas piedras brillantes,  
pero el corazón que ha probado lo eterno  
ya no puede conformarse con imitaciones.

Por eso Rumi dice:

“No aceptaré una piedra común,  
porque la gema rara y preciosa es mi deseo.”


Muchos viven satisfechos con pan y agua,
con rutinas,
con distracciones,
con conversaciones vacías.

Pero el alma profunda se siente extranjera aquí.

“Sin ti, la ciudad es una prisión para mí.”

Y entonces comienza la búsqueda:
montañas,
desiertos,
silencio,
noches de nostalgia.

Porque cuando el corazón recuerda el rostro del Amado,
ya ningún ruido del mundo consigue dormirlo otra vez.


Rumi se cansa de la tiranía,
de las almas débiles,
de quienes viven únicamente para quejarse.

Y busca otra cosa.

Busca hombres verdaderos.
Espíritus encendidos.
Corazones vivos.

Cuenta que un sabio caminaba por la ciudad con una lámpara,
diciendo:

“Estoy cansado de bestias y demonios…
un verdadero ser humano es mi deseo.”

La gente respondió:

“No existe. Nosotros también lo hemos buscado.”

Y él contestó:

“Precisamente aquello que no puede encontrarse fácilmente…
eso es lo que deseo.”


Hay un momento en el camino espiritual
en que el alma deja de pedir comodidad.

Comienza a pedir verdad.

Aunque duela.
Aunque queme.
Aunque destruya lo falso.


“En una mano la copa de vino,
en la otra el rizo del Amado;
danzar así en medio del campo…
ese es mi deseo.”

Porque al final,
el buscador no quiere simplemente creer en Dios.
Quiere vivir embriagado por Su presencia.

— Inspirado en Mystical Poems of Rumi  
Traducción de A. J. Arberry

El horizonte que retrocede


El horizonte que retrocede

Dijo Hazrat Inayat Khan:

“El propósito de la vida es como el horizonte: cuanto más avanzas hacia él, más retrocede.”
Y quizá el corazón se inquieta ante esta frase porque el ego quiere llegar.
Quiere concluir.
Quiere poseer la verdad como quien guarda un objeto en sus manos.

Pero Dios no es un objeto.

Allah no puede ser encerrado dentro de una definición, de una experiencia, ni siquiera dentro de una certeza espiritual. Por eso, cuando el caminante cree haber llegado, el horizonte vuelve a alejarse. No como castigo, sino como misericordia.
Porque si el horizonte pudiera alcanzarse, el hombre dejaría de caminar.

El Corán nos recuerda:

“Y hacia tu Señor es el fin.”
— Surah An-Najm 53:42

No dice: “hacia tu comprensión”.
No dice: “hacia tu dominio”.
Dice: hacia tu Señor.
Y el Señor es Infinito.

Por eso los sufíes entendieron que el camino espiritual no termina en una respuesta, sino en una expansión continua del corazón.

Jalal al-Din Rumi decía que el amante espiritual es como alguien sediento frente al océano: mientras más bebe, más descubre la inmensidad de lo que aún no conoce.

Y ahí aparece el secreto del amor.
Porque solo el amor acepta caminar sin poseer.

El ego quiere resultados;
el amor quiere Presencia.

El ego pregunta:
“¿Cuándo llegaré?”

El amor responde:
“¿Cómo podría cansarme de caminar hacia el Amado?”

Por eso el horizonte retrocede.
Porque Dios no desea solamente darte algo; desea transformarte en alguien capaz de sostener Su Luz.

Los maestros del tasawwuf hablan de la teofanía —la manifestación divina— como destellos de Allah en la creación. Cada instante contiene una revelación distinta de Su Belleza. Y por eso el universo jamás se repite.

El Corán dice:

“Cada día Él está en una manifestación.”
— Surah Ar-Rahman 55:29

Los comentaristas espirituales entendieron esta aleya como un océano inmenso: Dios se revela constantemente bajo nuevas formas, nuevos velos, nuevas aperturas.
Y así también ocurre en el corazón humano.

Hay días en que Allah 
se manifiesta como cercanía.
Otros como ausencia.
Un día como expansión.
Otro como ruptura.

Pero detrás de todos los rostros sigue estando Él.
Shams Tabrizi enseñaba que el buscador debe aprender a no enamorarse de los estados espirituales, sino del Dador de los estados.

Porque incluso las visiones, las emociones profundas o las lágrimas pueden convertirse en velos si el hombre se apega a ellas más que a Dios.
Y quizá esa sea una de las razones más profundas por las que el horizonte retrocede: para romper toda idolatría espiritual.
Para que el hombre nunca adore su conocimiento.
Ni sus experiencias.
Ni siquiera su propia santidad.

Solo a Él.

El camino sufí no es acumular luces;
es volverse transparente.
Hasta que el caminante ya no vea únicamente un horizonte lejano, sino que descubra que cada paso era ya una teofanía.

Entonces comprende algo inmenso:
el propósito nunca estuvo al final del camino.

El propósito era aprender a amar a Dios en el caminar mismo.
Y ahí el horizonte deja de ser frustración.
Se vuelve invitación.

Porque el amante finalmente entiende que la distancia era parte del amor.
Si Allah mostrara toda Su Belleza de una sola vez, el corazón humano no podría soportarlo.

Por eso Él se revela gota a gota, amanecer tras amanecer, secreto tras secreto.
Y el hombre espiritual aprende entonces a vivir entre la nostalgia y la contemplación.
Nostalgia por lo que aún no alcanza.
Contemplación por lo que ya le fue mostrado.
Y entre ambas, nace el verdadero sufismo:
caminar hacia un Horizonte infinito…
con el corazón ardiendo de amor.

Rumi en el corazón de El Amado.

Lo que oímos


“Lo que el oído te contó falsamente,  
el ojo te lo revelará con verdad.”  

— Mevlana Rumi, Masnavi  
(traducción inspirada en versiones clásicas)

Aquello que el oído  
te contó de manera confusa,
el ojo  
habrá de revelártelo claramente.

Y entonces el oído mismo  
adquirirá la naturaleza del ojo.

Tus oídos,  
ahora simples como la lana,
se volverán joyas preciosas.

Sí…
todo tu cuerpo  
se convertirá en un espejo.
Y dentro de tu pecho  
brillará un ojo luminoso  
como una gema resplandeciente.

Primero escuchas con el oído,
y ese escuchar  
te permite formar ideas.

Después, esas ideas  
comienzan a conducirte  
hacia el Amado.

Por eso esfuérzate  
en profundizar esa comprensión.
Aliméntala.
Protégela.
Hazla crecer.

Porque incluso un pensamiento verdadero  
puede convertirse en un sendero.

Y ese sendero,
como le ocurrió a Majnun,
puede terminar guiándote  
hasta el Amado.

Mevlana Rumi 
(Masnavi, versión basada en E. H. Whinfield)

Cuál es tu intención


—¿Cuál es tu intención?
—La fidelidad y la amistad.

Así comienza el diálogo del alma con lo Divino.
No preguntando por riquezas, ni por fama, ni siquiera por salvación.
Sino por la capacidad de permanecer.
Porque amar verdaderamente siempre exige permanencia.

—¿Qué deseas de mí?
—Tu gracia universal.

El ser humano pasa gran parte de su vida persiguiendo pequeñas cosas:
aprobación, seguridad, posesiones, control.

Pero llega un momento en que el corazón madura.
Y entonces deja de pedir fragmentos.
Comienza a pedir la Fuente.

—¿Dónde viste los milagros?
—En el palacio del César.

Incluso en medio del poder, del ruido y de la grandeza del mundo, el alma todavía puede reconocer destellos de lo eterno.

Porque Dios no desaparece de los palacios.
Solo se vuelve más difícil verlo allí.

—¿Por qué está desolado?
—Por miedo al salteador del camino.

Y cuando le preguntaron quién era ese ladrón, la respuesta fue sorprendente:
“La culpa.”

No siempre son los enemigos quienes destruyen al hombre.

A veces es la vergüenza silenciosa que carga dentro de sí.
La voz que le repite que ya no es digno del amor, de la misericordia, o del regreso.

—¿Dónde está la seguridad?
—En la abstinencia y la devoción.

Porque el alma no encuentra paz poseyendo más, sino necesitando menos.

Hay una libertad extraña en dejar de correr detrás de todo.

—¿Dónde está la calamidad?
—En la calle de tu amor.
Porque el amor divino no llega para decorar el ego.

Llega para derrumbarlo.
Nadie atraviesa verdaderamente el amor y permanece intacto. Y finalmente Rumi guarda silencio.

Porque algunas verdades,
si fueran dichas completamente,
harían que el ser humano saliera de sí mismo.
“No quedarían ni puerta ni techo.”

Es decir: la vieja casa del ego desaparecería.

Y quizá eso es precisamente lo que más tememos… y también lo que más necesitamos.

— Inspirado en Mystical Poems of Rumi
Traducción de A. J. Arberry