“El filósofo viene a negar la existencia del demonio…
y al mismo tiempo, el demonio lo posee.”
Esta es una de las enseñanzas más incómodas del Masnavi.
Porque Rumi no describe al mal como algo lejano,
grotesco o fácil de reconocer.
Lo describe como algo capaz de esconderse incluso dentro de la inteligencia, la religión, el conocimiento y la búsqueda espiritual.
“El filósofo,” dice Rumi, niega al demonio… mientras ya está siendo movido por él.
¿Por qué?
Porque el ego tiene una habilidad aterradora: puede disfrazarse de luz.
Por eso Rumi dice:
“De noche, la moneda falsa se mezcla con el oro verdadero.”
En la oscuridad, todo puede parecer auténtico.
El ego puede imitar sabiduría.
La actuación puede imitar espiritualidad.
El ruido puede imitar confianza.
El encanto puede imitar amor.
La información puede imitar entendimiento.
Y durante un tiempo, la moneda falsa circula junto al oro verdadero.
Pero luego llega el amanecer.
Y la luz revela lo que la oscuridad ocultaba.
Entonces se descubre que muchas veces aquello que parecía fortaleza era orgullo.
Aquello que parecía conocimiento
era vanidad.
Aquello que parecía espiritualidad era solamente hambre de admiración.
Por eso los sufíes no insistían únicamente en aprender ideas.
Insistían en pulir el corazón.
Porque un corazón impuro puede usar incluso la verdad para alimentar el ego.
Rumi incluso lanza una advertencia brutal:
“Si no has visto al demonio… mírate a ti mismo.”
No porque el ser humano sea pura oscuridad.
Sino porque las peores cadenas son aquellas que no sabemos que llevamos puestas.
Y quizá esa es una de las razones por las que el sufrimiento existe.
Porque el tiempo, la pérdida, el silencio, las decepciones y las caídas terminan separando lentamente el oro verdadero de la falsificación.
Las máscaras no sobreviven para siempre.
La moneda falsa no puede brillar eternamente.
Y tarde o temprano, todo ser humano descubre qué parte de sí era oro… y qué parte era solamente baño de pintura espiritual.
Tal vez la verdadera espiritualidad comienza ahí:
cuando dejamos de intentar parecer luminosos… y comenzamos a pedir, con honestidad, ser transformados.
— Inspirado en el Masnavi de Rumi
Traducción basada en R. A. Nicholson