Te contaré la historia de la experiencia mística de Halima para que su relato te ayude a superar los problemas.
— Rumi, Masnavi IV
Hay entradas en el Masnavi que comienzan con una enseñanza. Otras con una advertencia. Pero esta comienza con una promesa de consuelo.
Rumi no dice: "Te enseñaré un secreto." Dice:
"Te contaré la historia de la experiencia mística de Halima para que su relato te ayude a superar los problemas."
Es como si el maestro tomara de la mano al corazón afligido y le dijera: "Escucha con atención, porque esta historia no pertenece solamente al pasado. También habla de ti."
Halima, la noble nodriza del Profeta Muhammad ﷺ, cuando supo que había llegado el momento de separarlo de su leche, sabia que habia llegado el momento de separarse del niño y regresarlo a su familia. Rumi describe esa despedida con una delicadeza extraordinaria: ella tomó al pequeño Mustafa en la palma de sus manos como quien sostiene albahaca fresca y rosas perfumadas. No llevaba simplemente a un niño; llevaba el perfume de la Misericordia.
Con el pequeño en brazos se dirigió a la Kaaba. Al entrar en el Hatim, el recinto contiguo a la Casa Sagrada, sucedió algo que escapaba por completo al mundo de los sentidos.
Comenzó a escuchar voces invisibles que alababan al pequeño Muhammad.
Miró a su alrededor.
No había nadie.
Solo estaban ella y el niño.
Las alabanzas no provenían de los hombres. Era como si la creación misma estuviera dando testimonio de aquel cuya misión todavía permanecía oculta para el mundo.
Desconcertada, Halima quiso comprobar qué ocurría. Bajó al niño al suelo por un instante para mirar mejor.
Cuando volvió la vista...
Muhammad ya no estaba.
La mujer que unos instantes antes contemplaba un milagro quedó sumergida en una angustia indescriptible.
Corrió de un lado a otro.
Preguntó.
Lloró.
Buscó desesperadamente al niño.
Toda madre y todo padre pueden comprender ese dolor.
En medio de su desesperación apareció un anciano. Al verla tan afligida, le ofreció ayuda según el conocimiento que él poseía. La condujo ante Uzza, uno de los grandes ídolos de Arabia, esperando que les indicara dónde estaba el niño.
Pero ocurrió algo imposible.
El ídolo no respondió como un dios.
Por el contrario, manifestó su impotencia y reconoció la inmensa realidad espiritual del pequeño Muhammad. Aquello que los hombres adoraban no pudo sostener la mentira delante de la Verdad.
El anciano quedó profundamente impresionado.
Comprendió que aquel niño era un niño con baraka es decir con dones y bendiciones.
Entonces dejó de mirar a los ídolos y comenzó a mirar el signo que Allah había puesto delante de sus ojos.
Con esa nueva comprensión consoló a Halima diciéndole que un niño protegido de esa manera jamás podría quedar abandonado y que, sin duda, volvería a aparecer.
Mientras tanto, la noticia llegó al abuelo del Profeta, Abd al-Muttalib.
Al enterarse de la desaparición de su amado nieto, fue inmediatamente hacia la Kaaba.
Pero hizo algo muy distinto al anciano.
No buscó respuestas en las criaturas.
Las buscó únicamente en Allah.
Con el corazón roto elevó su súplica junto a la Casa Sagrada.
Entonces, desde el interior de la Kaaba volvieron a escucharse aquellas voces misteriosas que alababan al pequeño Muhammad.
Finalmente, esas mismas voces le indicaron el lugar donde el niño se encontraba.
El Profeta apareció sano y salvo, pues jamás había estado fuera de la protección de Allah.
¿Por qué Rumi dice que esta historia ayuda a superar los problemas?
Porque casi todos nuestros problemas nacen cuando creemos que Allah ha dejado de cuidar aquello que amamos.
Halima creyó haber perdido al niño.
En realidad, nunca estuvo perdido.
Solo estaba siendo custodiado por Aquel que jamás duerme.
El anciano representa al ser humano que intenta resolver sus crisis apoyándose en aquello que carece de poder. Sin embargo, incluso los ídolos terminan confesando su incapacidad cuando la luz profética se manifiesta.
Abd al-Muttalib nos enseña otro camino.
Cuando ya no quedan fuerzas, cuando la razón no encuentra respuestas y cuando el corazón solo conoce el llanto, el creyente vuelve su rostro hacia Allah.
Y Allah responde.
La historia también nos habla de la fitra.
Antes de que Muhammad ﷺ anunciara el Corán, antes de que pronunciara una sola palabra como Profeta, la creación ya reconocía su luz.
Las voces invisibles lo alababan.
Los ídolos se estremecían.
Los corazones sinceros comenzaban a despertar.
La fitra reconoce la Verdad antes de que el intelecto termine de comprenderla.
Quizá por eso Rumi eligió precisamente este relato para consolar al corazón.
Porque nuestras pruebas se parecen a la angustia de Halima.
Sentimos que hemos perdido algo indispensable.
Pensamos que Allah ha guardado silencio.
Creemos que todo ha terminado.
Pero la Providencia continúa obrando donde nuestros ojos ya no alcanzan.
Lo que Allah protege nunca queda abandonado.
Y aquello que parece desaparecer de nuestra vista puede estar, en realidad, más cerca de Su Misericordia que nunca.
"Y Allah es el mejor de los protectores, y Él es el Más Misericordioso de los misericordiosos."
(Corán 12:64)
Wa Allahu a'lam.
Rumi en el corazón de El Amado.