Hoy comparto un fragmento del Fihi ma fihi, donde Rumi inicia su enseñanza mencionando a Ibn Muqri, un hombre que recita el Corán con corrección y belleza, pero cuyo significado profundo le resulta ajeno.
Para hacer comprender esta idea a sus discípulos, Rumi
recurre a imágenes sencillas. Habla de unos niños que solo conocen la nuez con
cáscara; cuando les muestran la nuez pelada o su aceite, son incapaces de
reconocer que sigue siendo la misma nuez. Del mismo modo, relata el caso de un
hombre que posee una piel de armiño y rechaza otra de mayor calidad simplemente
porque desconoce el valor de aquello que tiene ante sí. Cuando alguien le dice
que la suya también es de armiño, asiente, pero lo hace por imitación, no por
conocimiento.
Más adelante, Rumi cuenta que conversó con un recitador del
Corán. Pensando que se encontraba ante un hombre de profundo entendimiento,
citó la aleya 109 de la sura XVIII:
"Di: Si el océano fuera tinta para escribir las
palabras de mi Señor, el océano se agotaría antes de que se agotaran las
palabras de mi Señor."
Entonces Rumi reflexionó: «Con apenas unos dirhams de tinta
puede escribirse el Corán entero. ¿Cómo entender, entonces, esta aleya?»
Después añadió que la Palabra de Dios existía ya en tiempos de Moisés, Jesús y
los demás profetas, aunque no fuera en lengua árabe. Al percibir que su
interlocutor no mostraba interés por profundizar en el sentido de estas
palabras, Rumi decidió guardar silencio. Comprendió que no vale la pena hablar
de los tesoros del espíritu con quien no está atento a recibirlos.
Todavía va más lejos y recuerda al Profeta —la paz y las
bendiciones sean con él—. En los primeros tiempos del islam, cuando alguien
aprendía una sura, o incluso media sura, era motivo de celebración. Se decía
con admiración: «Ese conoce una sura de corazón», porque no solo la había
memorizado: se había nutrido de ella.
Por eso Rumi afirma con contundencia:
«Comer tres o seis kilos de pan es difícil; pero si uno se
lo mete en la boca y luego lo escupe sin masticarlo, podría comer mil kilos.»
Y recuerda también el conocido dicho:
«¡Cuántos recitadores del Corán hay a quienes el Corán
maldice!»
La enseñanza es transparente. La Palabra de Dios no fue
revelada para pasar por los labios, sino para descender al corazón y
transformarlo. Lo que no se mastica no alimenta; lo que no se comprende no
ilumina.
Esta enseñanza trasciende la lectura del Corán y alcanza
toda la vida. Si deseamos una relación verdadera con Dios, con nuestros seres
queridos, con nosotros mismos y con el instante presente, necesitamos ir más
allá de la superficie. El conocimiento que transforma requiere atención,
disciplina y entrega. No basta con mirar el pan: hay que comerlo. No basta con
contemplar la nuez: hay que probar su fruto. Solo aquello que llega al corazón
puede nutrir el alma.
Al final, cuando llegue el momento de partir, no nos
acompañará aquello que apenas rozamos, sino aquello que conocimos en
profundidad. Amar es profundizar. Conocer es nutrirse. Quien permanece en la
superficie contempla la orilla; quien se adentra en el océano descubre la
inmensidad del Amor.
Rumi en el corazón de El Amado