■ El Océano Inconmensurable (Al-Baḥr al-Muḥīṭ)
El Océano Inconmensurable no es un océano de agua, ni un océano de luz, ni un océano de significados.
Es un océano del ser mismo, sin orilla y sin fondo; un océano cuyo comienzo no puede ser conocido y cuyo fin no puede ser hallado. Es el océano de la Esencia Divina (al-Dhāt), la cual no puede ser comprendida por el pensamiento, descrita por palabras ni confinada por el tiempo o el espacio.
Aquellos que se sumergieron en este océano en tiempos antiguos se perdieron por completo. Se volvieron como gotas de agua mezcladas con el mar, de modo que ya no se podía decir dónde comenzaban ni dónde terminaban.
Era como si hubieran regresado a su fuente original, al estado en el que estaban antes de ser creados: a ese momento eterno en el que existían en el conocimiento de Allah, no en el mundo visible.
Esta inmersión en el Océano Inconmensurable es la meta suprema, alcanzada solo por aquel que está preparado para perderse a sí mismo por entero y no regresar jamás a sí mismo.
Por esta razón, los maestros temían por sus discípulos y a menudo los apartaban de tal inmersión, pues solo podía ser soportada por la élite de la élite (khāṣṣat al-khāṣṣah). Quien entrara en él sin preparación sufriría una ruina espiritual de la que no habría liberación.
Aquel que se zambulle en este océano siente que todo lo que alguna vez supo sobre sí mismo y sobre el mundo entero no era más que una ilusión. Es como si hubiera dormido toda su vida, solo para despertar y descubrir que nunca había existido verdaderamente, y que su existencia real siempre había estado en este océano y nunca se había apartado de él.
Este es el momento que los primeros maestros llamaron el momento de la realización (taḥaqquq), pues en él el conocedor (ʿārif) realiza la realidad de su existencia, la cual le había estado oculta anteriormente. Ve que no es un ser independiente en sí mismo, sino más bien una gota de este océano, inseparable e indistinguible de él.
Este conocimiento no es intelectual ni teórico. Es vivencia directa (dhawq), estado espiritual (ḥāl) y contemplación inmediata (mushāhadah). Hace que el conocedor sienta que cada átomo de su ser es parte de este océano, como si estuviera nadando en un mar sin límites.
Cuanto más nada, más profundamente se ahoga; cuanto más profundamente se ahoga, más cerca llega, hasta que alcanza un punto en el que ya no siente que está nadando. Más bien, se convierte en el océano mismo. Este es el grado más alto de aniquilación (fanāʾ), conocido solo por aquellos que lo han probado.
Lo extraño del Océano Inconmensurable es que no puede ser descrito, porque la descripción requiere límites, y aquí no hay límites. Tampoco se puede señalar hacia él, porque el señalamiento requiere distinción, y la distinción no tiene significado en esta estación (maqām).
Por esta razón, los primeros maestros describieron a quien se había sumergido en este océano como un hombre ahogado incapaz de hablar, pues se había ahogado en aquello que no se puede describir. Era como si su lengua se hubiera vuelto de piedra, su intelecto hubiera cesado y su corazón se hubiera extraviado en una extensión infinita.
Este estado hizo que consideraran al mundo entero como un sueño pasajero sin valor real; a sí mismos como sombras sin existencia verdadera; y a la gente como niños jugando en un patio, inconscientes de que era solo una ilusión.
Esta percepción los hizo vivir en el mundo sin sentirlo verdaderamente, hablar con la gente sin escucharla y caminar entre ellos sin verlos, como si habitaran en otro reino en el que nadie más participaba.
Este es el secreto que llevó a los primeros maestros a ocultar esta estación y preservarla de quienes no eran aptos para ella, pues no era adecuada para la gente común y solo podía ser soportada por unos pocos excepcionales.
Aquellos que se habían sumergido en el Océano Inconmensurable eran reconocidos por signos sutiles aparentes solo para la gente de perspicacia espiritual (baṣīrah).
Entre estos signos estaba que eran las personas más silenciosas, porque sabían que las palabras nunca podrían hacer justicia a lo que habían presenciado. Eran también los más humildes, porque se consideraban a sí mismos como menos que una sola gota en un mar infinito.
Eran también las personas más tristes, porque experimentaban una soledad que nadie más podía sentir. Era como si hubieran descubierto algo inconmensurablemente grande y, sin embargo, fueran incapaces de compartirlo con nadie. Esta profunda tristeza aparecía en sus ojos, de modo que quienquiera que los mirara sentía que llevaban una carga demasiado pesada para soportar.
Los primeros maestros decían que la tristeza es la marca de aquellos conocedores que se han sumergido en el Océano Inconmensurable, porque saben lo que otros no saben, ven lo que otros no ven y sienten lo que otros no sienten. Esta soledad es el precio de un conocimiento que nadie más comparte con ellos.
Lo asombroso del Océano Inconmensurable es que una vez que el conocedor se ha sumergido en él, nunca regresa como era antes. Incluso si exteriormente regresa al mundo, su corazón permanece en ese océano y nunca lo abandona.
Se vuelve como un pez que vive en el agua sin ser consciente de ella. Del mismo modo, el conocedor vive en el mundo sin sentirse apegado a él. Trata con la gente sin percibir ninguna realidad independiente en ellos, porque ve todo dentro de ese océano y no ve nada fuera de él.
Este es el estado al que los primeros maestros aludían cuando decían que los conocedores son extraños en este mundo, como si hubieran venido de otro lugar. No conocen el lenguaje de la gente mundana ni comprenden sus preocupaciones, porque su única preocupación es el océano en el que se han sumergido, un océano que nadie más comparte con ellos.
Esta extrañeza los llevó a vivir en una soledad espiritual comprendida solo por aquellos semejantes a ellos. Por esta razón, los primeros maestros llamaron a tales conocedores "los hijos del Océano Inconmensurable", pues nacieron de su espíritu, vivieron en su gracia desbordante y en última instancia regresarían a él.
El grado más alto de inmersión en el Océano Inconmensurable se alcanza cuando el conocedor llega al punto de la no-existencia, donde no siente nada, no sabe nada y no desea nada. Es como si hubiera regresado a la nada primordial (al-ʿadam al-aṣlī) en la que estaba antes de que Allah lo creara.
Los primeros maestros llamaron a este momento "la Muerte Mayor" (al-Mawt al-Akbar), porque en él el conocedor muere a todo, incluso a su conciencia del océano mismo. Es como si no quedara ni él, ni el océano, ni nada en absoluto.
Esta es la meta suprema más allá de la cual no hay nada más que alcanzar: el fin más allá del cual no hay fin, y el objetivo más allá del cual no hay objetivo. Quien alcanza este punto lo ha alcanzado todo, y quien es privado de él ha sido privado de todo.
Es de tales personas que los primeros maestros decían que habían alcanzado una estación de la que no se puede hablar, ni describir, ni señalar, porque yace más allá de todo lo que las mentes pueden comprender o las lenguas pueden expresar.
Este es el secreto detrás de la desaparición de este término de los libros de las generaciones posteriores. Sus huellas permanecen solo en las profundidades de antiguos manuscritos, abiertos solo por aquel cuyo corazón posee un ojo que ve lo que los ojos ordinarios no pueden ver, y cuyo espíritu tiene alas que lo llevan a donde los pies nunca pueden llegar.
Y solo en Allah Todopoderoso se encuentra el verdadero éxito.
■ Enseñanzas del Corazón.