Porque el amor a los muertos no es duradero,porque el muerto nunca volverá a nosotros;

Porque el amor a los muertos no es duradero,
porque el muerto nunca volverá a nosotros;

(Pero) el amor por los vivos
es cada momento más fresco
que un capullo
en el espíritu y en la vista.

Elige el amor de ese Ser Viviente
que es eterno,
que te da a beber del vino
que aumenta la vida.

Escojan el amor de Aquel
de cuyo amor
todos los profetas obtuvieron
poder y gloria.

No digas:
"No tenemos acceso a ese rey".

Tratar con los generosos
no es difícil.

Masnavi I
Mevlana Jalaluddin Muhammad Rumi

Aquí Rumi no nos está hablando solamente de la muerte de un hombre, sino de una cosmovisión del amor.

Hay amores que nacen de la forma: de un rostro, una presencia, una voz, una belleza que nuestros ojos pueden contemplar. Pero toda forma pertenece al tiempo. Se transforma, envejece, enferma y finalmente desaparece. Y cuando aquello que sostenía nuestro amor se desvanece, descubrimos algo que quizá no queríamos ver: no amábamos solamente al ser; amábamos también la forma en que se nos revelaba.

Rumi abre entonces una puerta mucho más profunda: «Elige el amor de ese Ser Viviente que es eterno».

Aquí aparece la tajallī, la teofanía: lo eterno dejándose contemplar a través de lo creado, sin quedar limitado por ninguna de sus formas. La criatura es manifestación; el Viviente es la Fuente.

Por eso el corazón no está llamado a detenerse en aquello que aparece, sino a reconocer Quién se deja entrever en lo que aparece.

Esta es también una mirada escatológica: cuando caen las formas, cuando el mundo que conocíamos deja de sostenerse, ¿qué queda del amor? Rumi parece conducirnos hacia aquello que no pertenece al desgaste del tiempo.

El amor por lo perecedero puede dejarnos huérfanos de aquello que amábamos. Pero el amor dirigido hacia el Viviente transforma incluso nuestra relación con lo pasajero: ya no buscamos poseer eternamente la forma; aprendemos a contemplar en ella una señal.

Y entonces aquella frase adquiere toda su hondura:

Elige el amor de ese Ser Viviente que es eterno.

No es solamente una exhortación a amar a Allah.

Es una enseñanza sobre dónde puede descansar el corazón sin miedo a que aquello que ama muera.

Porque todo lo que nace cambia.

Toda belleza se transforma.

Toda forma pasa.

Pero la Fuente de la Vida no pasa.

Y quizá por eso Rumi termina desarmando la distancia que nosotros mismos inventamos:

«No digas: “No tenemos acceso a ese rey”.
Tratar con los generosos no es difícil».

El Amado no está lejos para quien ha aprendido a reconocerlo.

A veces la teofanía no consiste en que aparezca algo extraordinario ante nuestros ojos, sino en que nuestro corazón adquiere una nueva visión de lo ordinario.

Entonces la vida entera se vuelve signo.

Y aquello que parecía solamente una pérdida puede convertirse en una llamada:

de la forma, hacia la Fuente;
de lo que muere, hacia el Viviente;
del amor que posee, hacia el amor que conoce. 

Rumi en el corazón de El Amado.