■ El don: ¿Una «obligación»?
En el corazón de la travesía espiritual yace el Amor. Donde hay «Amor», hay «entrega». La naturaleza misma del amor es irradiar, entregarse a sí mismo. Por lo tanto, no puede existir una travesía espiritual auténtica sin el don de dar. El don al que aquí se alude no es una «obligación» moral impuesta por una autoridad externa, sino que atañe a la naturaleza misma de nuestro ser y a nuestra razón de ser en esta tierra.
La vida descansa fundamentalmente en la danza sagrada de las polaridades. Si esta alternancia cesa y un polo se fija excluyendo al otro, la vida da paso a la muerte. La alternancia entre la contracción y la expansión crea el latido del corazón; si uno de estos dos movimientos se detiene, el corazón deja de latir. Lo que constituye la respiración es la alternancia entre la inhalación y la exhalación; si uno de estos dos movimientos se obstaculiza, sobreviene la asfixia. La alternancia entre el día y la noche permite la vida en la tierra; si solo existiera el día o solo la noche, no tardaría en extinguirse la vida.
Lo mismo se aplica al «dar» y al «recibir». Estos dos movimientos del ser son «imperativos», lo que significa que son esenciales, necesarios e indispensables para la vida profunda del alma.
La naturaleza del corazón y el flujo Divino
La naturaleza profunda del corazón es amar y dar. El amor y el don están intrínsecamente ligados. El amor no está destinado a permanecer en secreto, oculto, vibrando únicamente en lo invisible. Por su propia naturaleza, el amor exige irradiar, expresarse y entregarse incluso en lo concreto de nuestra humanidad.
Cerrarnos al dar equivale a bloquear el flujo del Amor Divino que busca expresarse a través de nosotros. Impedirnos dar es semejante a sofocar nuestra propia alma. La característica del ego (nafs) es una búsqueda perpetua de posesión y apropiación, mientras que la característica del alma espiritual es dar. El ego busca continuamente llenarse a sí mismo, al estar vacío de lo Divino, mientras que el alma da constantemente, al estar colmada de lo Divino. Así, el no dar nos desconecta de nuestra alma y, por ende, de lo Divino, impidiéndole expresarse en el mundo a través de nuestros corazones.
Cuando una vela no brilla, no cumple el propósito para el cual fue creada. Cuando un pájaro no canta, no cumple el propósito para el cual fue creado. Cuando una rosa no exhala su fragancia, no cumple su secreto. ¡Qué decir entonces del corazón humano! Cuando se cierra al amor y al don, no cumple el propósito para el cual fue creado.
Cesemos de contener el sol de nuestra alma. Dejemos de obstaculizar el florecimiento de nuestro ser. Dejemos de sofocar el secreto depositado en nuestros corazones. Fuimos creados para el Amor. Fuimos creados para ser siervos de lo Divino, Sus embajadores, Sus representantes en la tierra. Nuestros corazones fueron modelados para ser el canal a través del cual la Fuente de todo amor pueda dar.
Las formas del don y el recuerdo de la Fuente
Puede haber mil y una formas de dar. Lo esencial es dar, no para ser reconocido, amado, admirado o para recibir méritos, sino dar al servicio del Plan Divino, dar para compartir lo que se nos ha otorgado. El don honra y celebra al Amor con la conciencia de que es lo Divino quien da a través de nosotros, y que cada don le pertenece, en última instancia, a Él. Dejemos que la fuente brote, que el manantial fluya, que el sol brille, que el pájaro cante y que nuestros corazones latan al ritmo del Amor. Dejemos que la Gran Vida se entregue a través de nosotros.
No puede haber una relación verdadera con lo Divino sin que esta enriquezca nuestros corazones. Llevemos el Amor al mundo, dejemos que el Amor se entregue a través de nosotros. Demos, ciertamente, de nuestras posesiones, pero también de nuestros talentos, de nuestro tiempo y, sobre todo, de nuestro ser.
Que nuestra sonrisa se convierta en un don.
Que nuestras lágrimas compartidas se conviertan en un don.
Que nuestras palabras y nuestra escucha silenciosa se conviertan en un don.
Que nuestra atención y nuestra presencia se conviertan en un don.
Que el don, incluso el más material —ya sea alimento, vestimenta u otro objeto—, lleve en su interior la semilla del Amor.
Al dar, cualquiera que sea su forma, permanezcamos en el recuerdo (dhikr) de la Fuente del don.
El imperativo vital del amante
¿Es, entonces, el dar una «obligación»? Dar es una «obligación», una necesidad vital para que nuestros corazones continúen latiendo, para que nuestras almas florezcan al convertirse en un canal para la expresión del Amor Infinito de lo Divino en el mundo. Así, el dar es «imperativo» para cada verdadero siervo de lo Divino.
¡Y qué se puede decir de los amantes de lo Divino! Amar y dar es su única manera de estar en el mundo, pues en cada ser contemplan el Rostro del Amado...
Que la Gracia Divina nos inspire con los dones que el Todo-Radiante de Amor y el Eterno Fluido de Amor desea ofrecer a través de nuestros corazones y de nuestras manos...
Invoco y suplico en Tus nombres más generosos. Amén.
■ Enseñanzas del Corazón.