Si ambas se parecen en aspecto,
bien podría ser (así):
el agua amarga y el agua dulce
tienen (la misma) claridad.
¿Quién conoce (la diferencia)
excepto un hombre con gusto (espiritual)?
Encuéntralo: él distingue el agua dulce
de la salmuera.
Masnavi I
Mevlana Jalaludin Muhammad Rumi.
El agua amarga y el agua dulce
En el Masnavi, Rumi nos cuenta la historia de un comerciante que tenía un loro muy parlanchín. Sus ocurrencias alegraban la tienda y atraían a los clientes. Un día, mientras el comerciante estaba ausente, el loro derramó unas botellas de aceite de rosas. Al regresar, cegado por la ira ante la pérdida de algo material, el comerciante lo golpeó y dejó calvo al singular animalito. Después se arrepintió profundamente. Hubiera querido que el tiempo regresara para no haberlo hecho. El loro dejó de hablar y el hombre quedó sumido en la tristeza, comprendiendo que, en un instante de ira, había herido aquello mismo que amaba.
Rumi nos muestra aquí una primera forma de ceguera: cuando algo material consigue arrancarnos el adab hacia una criatura de Allah. Pero el comerciante se arrepiente, y su arrepentimiento importa: el corazón puede reconocer su propia oscuridad y regresar. Comenzó entonces a dar regalos a los derviches y a las personas que pasaban por su tienda, buscando perdón, bendición, y el habla de su querida mascota.
El loro, sin embargo, permanecía en silencio. Hasta que un día pasó frente a la tienda un derviche calvo. El loro lo contempló y exclamó:
«¿Cómo te volviste calvo, oh calvo? ¿También derramaste aceite de rosas?» Los presentes ríen.
Pero Rumi está hablando de algo mucho más serio.
El loro ha visto una semejanza exterior y ha supuesto una igualdad interior: es calvo como yo; por tanto, es como yo.
Y aquí Rumi se vuelve serio refiriendose a los hombres santos. Nos advierte que no juzguemos a los hombres santos por analogía con nosotros mismos. Porque los profetas y los santos —los hombres de Dios— pueden compartir nuestra forma humana sin compartir nuestra realidad interior. Comen, duermen, caminan y tienen un cuerpo como nosotros; pero lo que nace de su interior puede proceder de una profundidad completamente diferente.
Rumi lo explica con imágenes extraordinarias: trae a la luz el ejemplo de la abeja y la avispa que comen y beben, pero una produce miel y la otra aguijón. Dos ciervos comen hierba y beben agua, pero de uno procede el almizcle. Dos juncos beben de la misma fuente, pero uno permanece vacío y otro se llena de azúcar. La misma fuente. La misma apariencia. Un fruto diferente.
Y entonces Rumi llega al agua: «Si ambas se parecen en aspecto, bien podría ser así: el agua amarga y el agua dulce tienen la misma claridad.» A nuestros ojos pueden parecer idénticas.
Entonces pregunta: «¿Quién conoce la diferencia excepto un hombre con gusto espiritual?»
Y aquí está el corazón de la enseñanza. Rumi no dice solamente: no juzgues. Nos dice algo más: aprende a distinguir.
Existe un conocimiento que no se obtiene solamente mirando. Existe una percepción del corazón que reconoce lo que los ojos no alcanzan. A eso llama dhawq: gusto, sabor espiritual. Porque una cosa es hablar de la dulzura y otra haberla probado.
Podemos conocer palabras sobre Allah, sobre los santos, sobre el amor y sobre el camino. Podemos admirar a Rumi, a Ibn Arabi o a los derviches y comprender intelectualmente muchas de sus enseñanzas. Pero Rumi nos pregunta: ¿has probado? ¿Hay en ti algo que pueda distinguir la dulzura de la salmuera?
La nafs también puede hablar de espiritualidad. También puede imitar. También puede aprender palabras hermosas y repetirlas. También puede mirar a un hombre de Dios y decir: «Es un hombre como yo.» El loro hace eso desde su inocencia: reconoce la calvicie y cree haber reconocido la historia.
Pero Rumi nos enseña que la realidad interior no puede medirse por semejanzas exteriores. Por eso su consejo es extraordinariamente concreto:
«Encuéntralo.»
Encuentra al hombre de gusto espiritual. Encuentra a quien haya probado. Acércate a quien pueda distinguir el agua dulce de la salmuera.
No se trata solamente de encontrar a alguien que posea muchas palabras o conocimientos. Rumi está señalando a aquel cuyo conocimiento ha producido un fruto en él; aquel cuya cercanía puede enseñarte, no sólo con discursos, sino con su estado, a reconocer un sabor que todavía no sabes distinguir.
Porque quien nunca ha probado lo dulce puede confundirlo con lo salado.
Y quizá ésta sea una de las razones por las que Rumi habla con tanta severidad de quienes se comparan con los santos: no saben lo que no han probado. Ven la forma, pero no conocen el sabor. Ven al hombre, pero no perciben la realidad que Allah puede haber depositado en su corazón.
El dhawq no es una idea. Es un sabor que se adquiere.
Y quizá por eso Rumi no dice simplemente: aprende sobre el agua dulce. Dice: «Encuéntralo.» Encuentra a quien la haya probado. Busca al hombre cuyo corazón haya aprendido a distinguir. Porque el maestro espiritual, el santo, el hombre de Dios, no está ahí solamente para entregarnos conceptos. Su presencia puede convertirse en una medida para nuestro propio paladar espiritual.
Nos ayuda a descubrir aquello que antes confundíamos: aquello que llamábamos amor y era apego; aquello que llamábamos conocimiento y era orgullo; aquello que llamábamos entrega y todavía contenía deseo de reconocimiento; aquello que parecía luz y quizá sólo era el brillo de nuestra propia imagen.
Y quizá entonces comprendamos por qué Rumi pone el agua amarga y el agua dulce juntas. No siempre podremos distinguirlas con los ojos. Pero quien ha probado, sabe.
Por eso el camino no es solamente preguntarnos: «¿Qué estoy viendo?», sino también: «¿Qué estoy saboreando?» ¿Qué fruto produce esto en mí? ¿Me vuelve más humilde, más misericordioso, más libre de mí mismo? ¿O alimenta mi orgullo, mi juicio, mi avaricia y mi deseo de tener razón?
Tal vez ahí comienza nuestro propio dhawq: no en creer que ya sabemos distinguir, sino en buscar a quien pueda enseñarnos.
Porque quizá todavía somos como el loro: vemos una semejanza y creemos haber comprendido.
Y Rumi nos dice:
Encuéntralo.
Encuentra a quien tenga gusto espiritual. Acércate a quien sepa distinguir el agua dulce de la salmuera.
Y entonces, quizá poco a poco, aquello que antes sólo podíamos mirar comience a tener sabor.
La misma claridad.
Otro sabor.
La misma forma.
Otra realidad.
Y una primera gota de agua dulce en el corazón.
Rumi en el corazón de El Amado.