■ La Estación Jidriana (al-Maqām al-Khiḍrī)
La Estación Jidriana no es un rango concedido a quienes se esfuerzan, ni una estación alcanzada meramente a través de la disciplina espiritual. Más bien, es uno de los secretos ocultos de Allah Todopoderoso, otorgado a quien Él quiere. Se deposita en el corazón de aquel que ha sido elegido para portar un conocimiento que las mentes ordinarias no pueden soportar, las lenguas no pueden expresar plenamente y los libros no pueden contener.
Es la estación del siervo virtuoso a quien Allah enseñó el conocimiento directamente desde Su Presencia (ʿilm ladunnī), permitiéndole percibir lo que otros no pueden percibir, actuar de maneras que no pueden comprender y caminar entre la gente como si no perteneciera por completo a su mundo, mientras su espíritu mora en un reino más allá del alcance de la vista humana.
Para la gente de esta estación, al-Khiḍr no es considerado como un profeta, sino como un siervo virtuoso dotado de un conocimiento concedido por la Divinidad.
Este es el conocimiento que fluye hacia el corazón sin los medios ordinarios, permitiendo a quien lo recibe percibir la realidad de las cosas (ḥaqāʾiq) antes de que se manifiesten exteriormente, y discernir la sabiduría detrás de cada suceso, incluso cuando ante los demás aparece como un error o una injusticia.
Esta es la esencia de la estación: ver con la luz concedida por Allah en lugar de hacerlo meramente con la percepción propia, y saber que todo cuanto Allah Todopoderoso hace con Sus siervos y Su creación es pura sabiduría y bondad, aun si su apariencia externa permanece oculta para quienes carecen de comprensión.
Quienes poseen esta estación viven en el mundo como extraños (ghurabāʾ). Ni comprenden del todo a la gente, ni son comprendidos por ella, pues su lenguaje es el lenguaje de la realidad interior (bāṭin), mientras que la mayoría habla solo el lenguaje de las apariencias externas (ẓāhir).
Cuanto más intentan explicar, más parece alejarse la comprensión. Cuanto más aclaran, mayor parece el misterio. Así, el silencio se vuelve más elocuente que la palabra, la ausencia más amada que la presencia, y el ocultamiento más perdurable que el reconocimiento público.
Por esta razón, muchos de ellos permanecen desconocidos. Nadie los reconoce, la historia raras veces los registra y las reuniones casi nunca dan testimonio de ellos. Son como brasas incandescentes bajo las cenizas, irradiando luz mientras permanecen invisibles.
La Estación Jidriana no es una estación de comodidad, sino de prueba (itbilāʾ). Su poseedor percibe realidades que otros no ven y, por lo tanto, vive en la soledad entre la gente.
Realiza acciones que los demás no pueden comprender y es acusado de locura. Pronuncia palabras que trascienden la comprensión común y es acusado de herejía.
Sin embargo, no puede explicarse del todo, pues la explicación requiere una capacidad de comprensión previa, y tal entendimiento es otorgado solo a aquellos a quienes Allah ha bendecido con una porción similar de conocimiento. Tales personas son raras en cada época.
Uno de los signos del poseedor de esta estación es que nunca permanece fijo en un solo estado. Cambia como las nubes y se mueve como el mar.
Ninguna descripción única puede definirlo, ni se establece de forma permanente en una condición. Es como si viviera en una continua disolución dentro de la Voluntad Divina (al-Mashīʾah), no deseando nada para sí mismo ni eligiendo un camino propio.
Antes bien, viaja hacia donde el decreto Divino lo lleva y actúa según una sabiduría que el intelecto humano por sí solo no puede captar por completo.
Esta transformación constante confunde a la gente. Lo imaginan extraviado cuando está verdaderamente guiado; lo creen perdido cuando en realidad ha llegado; lo suponen distante, mientras que en verdad se encuentra entre los más cercanos a Allah Todopoderoso.
La Estación Jidriana es una de las grandes puertas de la santidad (wilāyah). Se abre solo para aquel que está preparado para contemplar la existencia a través del ojo de la realidad última (ʿayn al-ḥaqīqah): un ojo que no ve opresión, ni error, ni injusticia, sino que percibe la sabiduría en cada acontecimiento, el decreto Divino en cada suceso y la bondad en todo lo que se desenvuelve, incluso cuando su forma externa aparenta lo contrario para quienes permanecen velados.
Esta visión otorga a su poseedor una paz interior que nada perturba y una tranquilidad intacta ante las circunstancias cambiantes de la vida. Es como si permaneciera perpetuamente en la Presencia Divina, jamás separado de su Señor en momentos de facilidad o de dificultad, de prosperidad o de adversidad.
Quien entra en esta estación entra en un mundo del cual no hay retorno, pues el ojo que contempla los signos de Allah en cada cosa nunca más puede volver a ver la creación como la ven los ojos ordinarios.
El corazón que ha saboreado la dulzura del conocimiento concedido por la Divinidad ya no se deleita con ninguna otra cosa, y el espíritu que ha remontado el vuelo a través del reino de la Realidad no puede regresar por propia voluntad a la prisión de la mera existencia corporal.
Esta es la prueba conocida solo por quienes la han vivido: ver y sin embargo parecer que no se ve; saber y aun así no poder explicar; estar con Allah mientras se aparenta estar ausente de la gente.
Esta es la mayor de las extrañezas, experimentada solo por la élite de entre la élite (khāṣṣat al-khāṣṣah), aquellos a quienes Allah Todopoderoso ha elegido para portar un secreto que no se puede pronunciar.
Un conocimiento que no se puede escribir, y una estación que se conoce solo a través del gusto espiritual directo (dhawq), señalada únicamente mediante alusiones sutiles (ishārah), y comprendida únicamente a través del éxtasis espiritual (wajd).
Y solo en Allah Todopoderoso se encuentra el verdadero éxito.
■ Enseñanzas del Corazón.