El sabor de lo recibido


El sabor de lo recibido

Hoy deseo compartir algunas sabidurías provenientes de distintas tradiciones.

La primera es una enseñanza de Jesús, ʿĪsā —la paz sea con él—, recogida en el Evangelio de Mateo y sumamente conocida por su sencillez: 

“Ustedes son la sal de la tierra.”

Una frase sencilla, sí, pero de una profundidad por demás sublime.

La siguiente también es muy conocida y, para mí, puede recibirse como una paráfrasis del pensamiento de Rumi: 

“Antes de que la muerte se lleve lo que se te ha dado, da lo que tienes para dar.”

En otra entrada hablábamos de la sal y del azúcar disueltos en el agua: a simple vista pueden parecer iguales; solamente quien degusta puede distinguirlos. Allí la sal nos hablaba del discernimiento, de ese dhawq, ese gusto interior capaz de reconocer lo que los ojos no alcanzan a distinguir.

Hoy la sal aparece bajo otra dimensión: la de dar sabor.
Y aquí ambas enseñanzas comienzan a conversar.

El Corán nos recuerda que en la creación hay signos para quienes saben comprender. Tal vez también podamos contemplar la sal como uno de esos signos: algo pequeño que, al entrar en contacto con aquello que toca, puede transformar su sabor.

Rumi nos recuerda que se nos han dado dones: inteligencia, capacidades, recursos, sensibilidad, tiempo, un cuerpo, una vida y tantas cosas que ni siquiera sabemos enumerar. ¿Para qué nos fueron confiadas?

Quizá para convertirnos, cada uno a su manera, en esa sal que Jesús nos invita a ser: personas cuyo paso por la vida dé sabor a la vida de los demás.

No necesariamente mediante grandes discursos. La sal no pregona que es sal.

Está en el adab: en la cortesía, en la misericordia, en saber escuchar, en una palabra pronunciada a tiempo, en el conocimiento compartido sin soberbia, en el recurso ofrecido cuando otro lo necesita, en la dignidad con que tratamos incluso y sobre todo a quien no puede ofrecernos nada a cambio.

Y qué hermoso es que las palabras de Jesús hayan dejado una huella tan profunda en quienes lo conocieron, hasta ser transmitidas por sus discípulos y por quienes conservaron la memoria de sus enseñanzas. Algo semejante encontramos en la tradición islámica con los hadices: hombres y mujeres conservaron y transmitieron palabras, gestos y acontecimientos de la vida del Profeta Muhammad —la paz y las bendiciones sean con él—, para que su ejemplo no quedara solamente en una enseñanza escrita, sino que pudiera ser vivido y encarnado.

Quizá ahí encontremos otro secreto: una enseñanza verdaderamente viva no solamente se escucha; deja sabor.

Y entonces la pregunta de Rumi deja de ser solamente qué tenemos para dar.
Se convierte en algo más profundo:

¿Qué ha hecho en nosotros aquello que hemos recibido?

Porque algún día la muerte se llevará nuestros bienes, nuestros nombres, nuestras formas y aquello que creímos poseer. Pero mientras estamos aquí, podemos permitir que nuestros dones pasen a través de nosotros y alcancen a otros.

Recibe. Discierne. Transfórmate. Da sabor.
Antes de que la muerte se lleve lo que se te ha dado, da lo que tienes para dar.

Rumi en el corazón de El Amado.