La jarra y el Tigris


LA JARRA Y EL TIGRIS

Esta historia comienza
en el desierto.
Rumi nos habla de un beduino.
La palabra proviene del árabe badawī:
habitante del desierto.
Y vale la pena saberlo,
porque sin el desierto
es difícil comprender
el tesoro que este hombre
estaba a punto de llevar
entre sus manos.


Él y su esposa
vivían con muy poco.

En aquel mundo árido,
el agua dulce
no era una cosa cualquiera.
Era sustento.
Era riqueza.
Era vida.

La pobreza había provocado
discusiones entre ellos.
Hasta que finalmente
la mujer habló a su marido
de un hombre extraordinario:
el Califa de Bagdad.

Un rey conocido
por su generosidad.
Si lograba llegar
hasta él,
quizá su suerte
podría cambiar.
El hombre aceptó.
Pero había un problema.
¿Cómo presentarse
ante un rey
con las manos vacías?


Entonces su esposa
pensó en aquello
que poseían.
Una jarra
con agua de lluvia.
Para nosotros,
una jarra de agua.

Para ellos,
Rumi la describe como
su posesión,
su capital,
sus recursos.

La mujer le dijo:

—Lleva esta agua
como regalo al Rey.
En el desierto
no tenemos nada
mejor que ofrecerle.
Su tesoro podrá estar
lleno de oro y joyas,
pero quizá
ni siquiera él
tenga un agua como esta.

No lo decía
por arrogancia.
Ella realmente
lo creía.
Porque había algo
que ninguno de los dos sabía.

Por Bagdad corría
el Tigris.
Un enorme río
que Rumi describe
atravesando la ciudad
como un mar.
Pero ellos nunca
lo habían visto.


Así que cerraron
cuidadosamente
la boca de la jarra.

La envolvieron
y la cosieron en fieltro
para proteger
su precioso contenido.
El marido incluso pensó:

“No existe agua como esta
en todo el mundo.”

Entonces tomó la jarra
y emprendió
el largo viaje hacia Bagdad.

Atravesó el desierto
día y noche,
temblando por la jarra,

temiendo que la fortuna
le jugara una mala pasada
y algo pudiera sucederle
a aquel tesoro
antes de llegar al Rey.

Mientras tanto,
su esposa había extendido
la alfombra de oración.

Pedía a Dios
que protegiera el agua.
Que ningún malhechor
se la arrebatara.
Que llegara intacta
a su destino.

Y en su oración,
la llamó:
“esa perla.”
Una perla.
Una jarra
con agua de lluvia.

Pero recordemos:
eran habitantes
del desierto.
No conocían
el gran río
que atravesaba Bagdad.
No habían visto
el Tigris.

Para ellos,
aquella agua no era
un regalo insignificante.

Era quizá
lo más precioso
que podían ofrecer.


Después de atravesar
el desierto,
el beduino finalmente
llegó al palacio.

Los servidores del Califa
salieron a recibirlo.
Le preguntaron
de dónde venía.
Cómo había soportado
el viaje.
Qué necesitaba.
Rumi dice algo precioso
sobre aquellos hombres:
tenían por costumbre
dar antes
de que alguien pidiera.
El beduino confesó
sin rodeos:
había venido
buscando dinero.
Pero al contemplar
aquella corte,
algo comenzó a cambiar.

Había salido
en busca de una cosa
y parecía haber encontrado
algo mucho mayor.
Rumi compara su viaje
con otros buscadores:
Moisés salió
buscando fuego
y encontró
la zarza ardiente.
El halcón
se acerca a la trampa
buscando comida
y termina
sobre el brazo del Rey.
Y aquel hombre
había llegado
buscando monedas.


Entonces presentó
su regalo.
Con toda seriedad,
dijo a los servidores:

—Lleven esto
al Sultán.
Es agua dulce.
Agua de lluvia
recogida en el desierto.
Los servidores
miraron la jarra.
Y sonrieron.
Ellos sí conocían
el Tigris.

Sabían lo que aquel hombre
todavía ignoraba.
Pero no se burlaron.
No rechazaron su regalo.
No le explicaron
lo insignificante
que era su agua.

Rumi dice que
la recibieron
como si recibieran
algo tan precioso
como la vida misma.
¿Por qué?
Porque la generosidad
del Rey
había dejado su huella
también en ellos.


Aquí Rumi introduce
una imagen maravillosa.
Imagina al rey
como un gran depósito de agua
y a quienes lo rodean
como las tuberías
que salen de él.

Si el agua del depósito
es limpia,
agua limpia
corre por las tuberías.
Si está contaminada,
lo mismo terminará
fluyendo por ellas.
Algo parecido sucede
con las personas.
Aquello que llena
a quien dirige
termina llegando,
de una manera u otra,
a quienes lo rodean.
Los servidores
habían aprendido
la generosidad
viviendo cerca
de un hombre generoso.


Finalmente,
la jarra llegó
ante el Califa.
Escuchó la historia
del beduino.
Miró el regalo.
Y sabía perfectamente
lo que aquel hombre
no sabía.
No necesitaba
su agua.
Tenía a su lado
un río.

Sin embargo,
aceptó la jarra.
Y no solamente
la aceptó.
Ordenó que aquel
pequeño recipiente
fuera llenado
de oro.

Le entregó además
otros regalos
y ropas de honor.
El hombre que había llegado
desde el desierto
buscando ayuda
saldría de Bagdad
liberado de su pobreza.

Pero antes de marcharse,
el Califa dio
una última instrucción:

—Cuando regrese a casa,

llévenlo
por el Tigris.
Había llegado
atravesando el desierto.
El camino por agua
sería más fácil.

Y nada más.
No se rio de él.
No le dio
una lección.
No le mostró el río
para demostrarle
su ignorancia.
Aceptó su regalo.
Llenó su jarra de oro.
Y lo mandó a casa.


El beduino
subió a la embarcación.
Y entonces,
por primera vez,
vio
el Tigris.
El hombre que había cruzado
el desierto
temblando por una jarra
de agua de lluvia
contempló un río enorme
extendiéndose
ante sus ojos.

Agua.

Por todas partes.
El río que Rumi había descrito
como un mar.
Y entonces comprendió.
Bajó la cabeza.

Rumi dice
que se inclinaba
con vergüenza
y reverencia.
Y comenzó
a maravillarse:
“¡Qué extraordinaria
es la bondad
de este Rey generoso!”
Pero inmediatamente
algo le pareció
todavía más extraordinario:

**“Y más maravilloso aún…
que haya aceptado
mi agua.”**


Ahora sabía.

Aquel regalo
que su esposa había llamado
“una perla”
era apenas
una pequeña jarra
frente al Tigris.
Y, sin embargo,
el Rey la había recibido
como si tuviera valor.

No destruyó
la dignidad del hombre
para demostrar
la pequeñez de su regalo.
No se rio
de aquello
que para él era precioso.
Simplemente
lo recibió.


Y entonces Rumi
abre completamente
la historia.
La jarra,
dice,
representa nuestros
pequeños conocimientos.

Y el Tigris
representa
el conocimiento de Dios.

Nosotros caminamos
por el mundo
cargando nuestras jarras,
orgullosos quizá
de aquello que contienen,
sin comprender
la inmensidad del río
hacia el cual
las estamos llevando.
Rumi incluso
disculpa al beduino:
él no conocía
el Tigris.

Porque si lo hubiera conocido,
dice Rumi,
jamás habría cargado
aquella jarra
durante tanto tiempo.

Quizá incluso
la habría estrellado
contra una piedra.


Pero Rumi va todavía
más lejos.
Al Califa
lo llama
un Mar de generosidad.

En el persa de Rumi: daryā-ye jūd.

Un mar
de generosidad tan grande
que puede recibir
una pequeña jarra
sin necesitar
absolutamente nada
de ella.
Y después Rumi nos dice:
“Considera todo el universo
una jarra, hijo.”

Cada cosa que vemos
contiene apenas
una gota
de aquel inmenso Tigris
de belleza.

Entonces la historia
ya no trata solamente
de un beduino,
una jarra
y un rey.


Rumi nos advierte:

“Esto no es una historia.”

Porque nosotros también
somos aquel hombre.
También protegemos
nuestras pequeñas certezas.
Nuestros conocimientos.
Nuestros logros.
Nuestras posesiones.
Nuestras ideas
sobre quiénes somos.
Las envolvemos
cuidadosamente.

Las defendemos.
A veces incluso
temblamos por ellas.
Porque todavía
no hemos visto
el río.


Quizá algún día
la vida nos permita
subir a aquella barca.

Y entonces,
frente a algo
mucho más grande
de lo que imaginábamos,
miraremos nuestra pequeña jarra
y comprenderemos.

Tal vez entonces
también inclinemos
la cabeza
y nos preguntemos:

¿Cómo pudo aquel
Mar de generosidad
recibir con tanta ternura
lo poco
que yo tenía para ofrecer?

Porque para quien
ha vivido siempre
en el desierto,
una jarra de agua
puede parecer
todo el océano.

Hasta el día
en que ve
el Tigris.

— Mevlana Rumi
Masnavi, Libro I
R. A. Nicholson