Los espíritus de los seres creados,
antes de la creación de manos y pies,
debido a su fidelidad
volaban en el reino de la pureza;
Cuando fueron obligados
por el mandato (divino) de bajar,
se enfrascaron en la ira,
la codicia y la complacencia.
Somos la familia del Señor
y anhelamos leche (como los niños):
él (el Profeta) dijo:
«La gente es la familia de Dios».
El que hace llover del cielo
también es capaz,
por su misericordia,
de darnos pan.
Masnavi I
Mevlana Jalaludin Muhammad Rumi.
El descenso y el retorno
Hay en estas palabras de Rumi una cosmovisión completa del ser humano.
Antes de las manos y los pies estaba el espíritu. Antes de nuestra forma visible estaba aquello que no caminaba sobre la tierra, sino que volaba en el reino de la pureza. Rumi contempla al ser humano desde una perspectiva en la que nuestra realidad no comienza con el cuerpo: hay una dimensión anterior, invisible, cuyo origen está en Allah.
Y entonces acontece el descenso.
El mandato divino hace bajar al espíritu al mundo de la forma. Aparecen las manos que toman, los pies que caminan, el yo que desea, teme, acumula y se complace. Y aquello que originalmente volaba puede quedar atrapado en la gravedad de la existencia.
La ira, la codicia y la complacencia son, desde esta mirada, velos. No destruyen necesariamente la naturaleza espiritual; la cubren.
Aquí podemos aproximarnos al concepto de tajallī: la manifestación o auto-desvelamiento de lo Divino en las formas de la existencia. La creación puede contemplarse como un escenario de manifestaciones: la lluvia que desciende, el alimento que aparece, la vida que brota, el corazón que despierta. Lo visible se convierte en espejo de lo invisible.
La teofanía no es solamente un acontecimiento extraordinario reservado para los profetas. Para la mirada sufí, cada instante puede convertirse en lugar de manifestación, si el corazón aprende a mirar.
Rumi entonces introduce el hadiz del Profeta Muhammad saws, recopilado de diversos muhaddith:
al-Bazzār, al-Tabarānī y al-Bayhaqī
«La gente es la familia de Dios».
Y aquí sucede algo bellísimo: si las criaturas son ‘iyāl Allāh, dependientes de Allah y bajo Su cuidado, entonces nuestra pobreza no es una vergüenza. Nuestra pobreza es constitutiva.
Somos aquellos que necesitan.
Necesitamos pan para el cuerpo, pero también necesitamos misericordia para el alma.
Por eso Rumi dice:
«El que hace llover del cielo también es capaz, por su misericordia, de darnos pan».
La lluvia es una teofanía de la misericordia: desciende sin que la tierra pueda producirla por sí misma. El pan es otra forma de esa misma misericordia. Y el alimento espiritual también desciende.
En la cosmovisión coránica, el movimiento no termina en el descenso.
Descendemos para retornar.
El mundo no es únicamente el lugar donde hemos caído; es también el lugar donde se revela aquello que debemos reconocer. La existencia terrenal se convierte así en una escuela del retorno.
La escatología, desde esta perspectiva, no es solamente hablar de un acontecimiento futuro al final de los tiempos. Es recordar que toda existencia camina hacia su desenlace, que toda forma está destinada a desaparecer y que toda criatura habrá de comparecer ante su Realidad última.
El Corán lo dice:
«Ciertamente, de Allah somos y a Él hemos de retornar».
(2:156)
Somos de Él.
Y hacia Él retornamos.
Entre esos dos movimientos —descenso y retorno— transcurre nuestra existencia.
Quizá por eso el espíritu anhela.
Anhela algo que el mundo no puede terminar de darle.
Busca en posesiones lo que solamente puede recibir como don. Busca satisfacción en aquello que, por naturaleza, vuelve a producir hambre. Busca permanencia en lo que inevitablemente pasa.
Rumi parece decirnos: no confundas el hambre del espíritu con el hambre de las cosas.
El niño pide leche porque sabe que necesita ser alimentado.
El corazón pide misericordia porque, aunque lo haya olvidado, sabe de dónde procede.
Y tal vez el verdadero dhikr sea precisamente eso: recordar el origen.
Recordar que antes de nuestras manos hubo espíritu.
Antes de nuestros pies hubo vuelo.
Antes de nuestra separación hubo cercanía.
Y que el mismo Señor que hizo descender la lluvia sobre la tierra puede hacer descender sobre el corazón aquello que necesita para volver a despertar.
El descenso no es el final.
Es el comienzo del viaje de regreso.
Y quizá toda la senda sufí pueda resumirse en una sola palabra: VOLVER
Rumi en el corazón de El Amado.