El viaje del alma: Entre el desapego y la revelación divina

 


El viaje del alma: Entre el desapego y la revelación divina

En medio del ruido incesante de la vida, y dentro de los días abarrotados que se desprenden como hojas de otoño antes de que siquiera sintamos su peso, permanece en lo más profundo de cada uno de nosotros aquella voz tenue, apenas audible: la voz del alma que lamenta nuestro descuido hacia ella.

El alma no es simplemente una palabra que repetimos con nuestros labios en momentos de éxtasis espiritual o en tiempos de dificultad.

Más bien, es aquella joya oculta que, cuando es descuidada, hace que el mundo se oscurezca ante nosotros; y cuando es cuidada, hace que la vida resplandezca con una luz conocida únicamente por quienes han probado la dulzura de la tranquilidad.

Hablar de viajar hacia Allāh no significa describir un viaje realizado por nuestros pies a través de los caminos de la tierra.

Es la lucha silenciosa que libramos con nosotros mismos cada día, una batalla que nadie presencia, cuyos detalles solo conoce aquel que ha soportado su dolor y probado la dulzura de sus pequeñas victorias.

El yo humano se encuentra entre las realidades más complejas de la existencia. No es simplemente una entidad biológica que palpita con vida; es un océano profundo e insondable, sobre cuya superficie solo aparecen gotas de sus profundidades ocultas.

En las profundidades de este océano se acumulan impurezas y enfermedades de las que permanecemos ajenos: la envidia, que insistimos en que no habita en nuestros corazones; la arrogancia, que envolvemos con las vestiduras de una falsa humildad; y la ostentación, que se oculta detrás de máscaras de una supuesta sinceridad.

Aquí aparece la tarea más difícil: permanecer frente a nosotros mismos en un momento de honesto examen interior; despojarnos de todas aquellas máscaras que hemos aceptado para nosotros a lo largo de nuestra vida; y ver nuestras faltas exactamente como son, sin embellecerlas ni inventar excusas para ellas.

Este es el verdadero comienzo.

No consiste simplemente en comenzar con la oración o con el recuerdo de Allāh, sino en tener el valor

de enfrentarse al yo en su realidad desnuda.

Este enfrentamiento se encuentra entre las formas más difíciles de esfuerzo espiritual y entre las de mayor rango.

Luego llega la etapa de la purificación, cuyo peso solo conoce aquel que ha pasado por ella. Comienzas a arrancar de raíz aquellas cualidades que se han aferrado a ti como sanguijuelas.

Imaginas que forman parte de ti, pero en realidad son pesados escudos que se interponen entre tú y la luz de la Verdad.

Eliminar las cualidades censurables es como arrancar una piel vieja que se ha adherido a la carne.

Duele cuando se la desprende, pero después experimentas una libertad que nunca antes habías conocido.

Durante esta etapa, la persona descubre que su mayor enemigo no es simplemente un demonio que le susurra desde fuera, sino el propio yo, el nafs, que embellece ante sus ojos las cosas desagradables y hace que parezcan atractivas.

Es el nafs el que lo impulsa a apegarse al mundo, persiguiendo sus espejismos, mientras hace que olvide que la muerte permanece detrás de él a cada instante.

La lucha contra el yo no es simplemente una frase. Es un fuego por el que atraviesas cada día, quemando tus deseos, ilusiones y vanidades hasta que no queda más que la esencia pura.

Esa larga lucha interior conduce finalmente a algo que ni el dinero puede comprar ni los certificados pueden otorgar: una dulzura que entra silenciosamente en el corazón, sin previo aviso.

Es el momento en que de repente sientes que estás en la Presencia de Aquel que te ama y conoce tus secretos, y que cada partícula de este universo da testimonio a tu favor o en tu contra.

Es un momento que está más allá de toda descripción, como vivir en una oscuridad completa y contemplar de repente cómo un techo de luz se abre sobre ti.

Una luz que no procede del exterior,

sino que parece surgir desde dentro; una luz a través de la cual comienzas a ver las cosas de acuerdo con su realidad, en lugar de verlas únicamente según sus apariencias externas.

Este es el verdadero precio del difícil viaje: llegar a una estación en la que no temes a nadie ni depositas tu esperanza en nadie excepto en Él.

Convertirte en algo semejante a un pájaro que ha ascendido tan alto que todos los ruidosos detalles de la tierra se han vuelto pequeños ante su mirada.

Esta estación no significa abandonar el mundo ni apartarse de las personas. Tal comprensión es limitada y no corresponde

a quien ha probado la verdadera gnosis.

Más bien, significa estar en el corazón de la sociedad como un buzo que nada en el fondo del mar sin permitir que las olas lo devoren.

Vives entre las personas, tratas con ellas y cumples con sus derechos, pero tu corazón está unido a Otro, no a ellas.

Ves tus manos trabajando y tu cuerpo moviéndose a través de las necesidades de la vida, mientras tu espíritu permanece en su santuario oculto, sin distraerse con el ruido de la humanidad.

Esta es la perfección buscada por la gente

de la gnosis: unir lo exterior y lo interior; los derechos de Allāh y los derechos de Sus siervos; las necesidades del cuerpo y las exigencias del espíritu, de modo que ninguno de ellos domine al otro.

Aquel que recorre este camino nunca llega a un punto en el que pueda decir: «He terminado» o

«Me he vuelto completo».

Porque cada vez que asciende un grado, descubre ante sí grados superiores que anteriormente nunca había percibido.

Es como acercarse a una montaña creyendo

que has alcanzado su cima, solo para descubrir que la verdadera cumbre se encuentra más lejos de lo que imaginabas.

Así sucede con la vida espiritual.

Es un viaje sin fin a través de un océano sin orillas. Sin embargo, a medida que la persona avanza,

se acerca cada vez más a su verdadera realidad.

Su conocimiento de sí misma, de su Creador y de todo lo que la rodea continúa profundizándose, hasta que el universo entero se convierte en un libro abierto, uno que lee mediante la percepción de su corazón antes que con sus ojos físicos.

Y este es el gran misterio:

El camino hacia Allāh no es un sendero que conduzca hacia algún lugar distante. Es un viaje hacia las profundidades de tu propio ser, hacia ese lugar puro dentro de tu corazón que ninguna mano ha tocado y que ningún pecado ha mancillado.

Así pues, regresemos a nosotros mismos antes de que sea demasiado tarde. Escuchemos aquella voz silenciosa que nunca deja de llamarnos desde nuestro interior.

No es una voz extraña. Es el llamado de la fiṭrah, la naturaleza primordial sobre la cual Allāh nos creó, que cubrimos cada día bajo capas de inconsciencia y descuido espiritual.

Dejemos de buscar la felicidad en aquello que nos rodea. No se encuentra en la riqueza, en la posición social ni en la admiración de las personas.

Más bien, se encuentra en ese momento en que todas las olas del deseo se aquietan, cuando las preocupaciones del mundo se calman y cuando contemplas, dentro de tus propios ojos, una luz diferente de cualquier luz que hayas conocido jamás.

Eso es la verdadera espiritualidad.

No es simplemente una palabra repetida con la lengua, ni un ritual realizado. Es una vida vivida en todas sus dimensiones: su dimensión exterior y su dimensión interior, su vida mundana y su vida en el Más Allá.

Solo entonces el alma se convierte verdaderamente en algo más que una simple palabra.

Y solo junto al Altísimo Allāh se encuentra el verdadero éxito.

Enseñanzas del corazón.