—¿Cuál es tu intención?
—La fidelidad y la amistad.
Así comienza el diálogo del alma con lo Divino.
No preguntando por riquezas, ni por fama, ni siquiera por salvación.
Sino por la capacidad de permanecer.
Porque amar verdaderamente siempre exige permanencia.
—¿Qué deseas de mí?
—Tu gracia universal.
El ser humano pasa gran parte de su vida persiguiendo pequeñas cosas:
aprobación, seguridad, posesiones, control.
Pero llega un momento en que el corazón madura.
Y entonces deja de pedir fragmentos.
Comienza a pedir la Fuente.
—¿Dónde viste los milagros?
—En el palacio del César.
Incluso en medio del poder, del ruido y de la grandeza del mundo, el alma todavía puede reconocer destellos de lo eterno.
Porque Dios no desaparece de los palacios.
Solo se vuelve más difícil verlo allí.
—¿Por qué está desolado?
—Por miedo al salteador del camino.
Y cuando le preguntaron quién era ese ladrón, la respuesta fue sorprendente:
“La culpa.”
No siempre son los enemigos quienes destruyen al hombre.
A veces es la vergüenza silenciosa que carga dentro de sí.
La voz que le repite que ya no es digno del amor, de la misericordia, o del regreso.
—¿Dónde está la seguridad?
—En la abstinencia y la devoción.
Porque el alma no encuentra paz poseyendo más, sino necesitando menos.
Hay una libertad extraña en dejar de correr detrás de todo.
—¿Dónde está la calamidad?
—En la calle de tu amor.
Porque el amor divino no llega para decorar el ego.
Llega para derrumbarlo.
Nadie atraviesa verdaderamente el amor y permanece intacto. Y finalmente Rumi guarda silencio.
Porque algunas verdades,
si fueran dichas completamente,
harían que el ser humano saliera de sí mismo.
“No quedarían ni puerta ni techo.”
Es decir: la vieja casa del ego desaparecería.
Y quizá eso es precisamente lo que más tememos… y también lo que más necesitamos.
— Inspirado en Mystical Poems of Rumi
Traducción de A. J. Arberry