Muéstrame tu rostro,
porque el huerto y el jardín de rosas son mi deseo.
Abre tus labios,
porque el azúcar abundante de tu palabra es mi deseo.
Oh Sol de la Belleza,
sal un instante de detrás de las nubes,
porque ese resplandor que incendia el alma
es lo único que realmente busco.
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El mundo entero ofrece pequeñas piedras brillantes,
pero el corazón que ha probado lo eterno
ya no puede conformarse con imitaciones.
Por eso Rumi dice:
“No aceptaré una piedra común,
porque la gema rara y preciosa es mi deseo.”
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Muchos viven satisfechos con pan y agua,
con rutinas,
con distracciones,
con conversaciones vacías.
Pero el alma profunda se siente extranjera aquí.
“Sin ti, la ciudad es una prisión para mí.”
Y entonces comienza la búsqueda:
montañas,
desiertos,
silencio,
noches de nostalgia.
Porque cuando el corazón recuerda el rostro del Amado,
ya ningún ruido del mundo consigue dormirlo otra vez.
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Rumi se cansa de la tiranía,
de las almas débiles,
de quienes viven únicamente para quejarse.
Y busca otra cosa.
Busca hombres verdaderos.
Espíritus encendidos.
Corazones vivos.
Cuenta que un sabio caminaba por la ciudad con una lámpara,
diciendo:
“Estoy cansado de bestias y demonios…
un verdadero ser humano es mi deseo.”
La gente respondió:
“No existe. Nosotros también lo hemos buscado.”
Y él contestó:
“Precisamente aquello que no puede encontrarse fácilmente…
eso es lo que deseo.”
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Hay un momento en el camino espiritual
en que el alma deja de pedir comodidad.
Comienza a pedir verdad.
Aunque duela.
Aunque queme.
Aunque destruya lo falso.
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“En una mano la copa de vino,
en la otra el rizo del Amado;
danzar así en medio del campo…
ese es mi deseo.”
Porque al final,
el buscador no quiere simplemente creer en Dios.
Quiere vivir embriagado por Su presencia.
— Inspirado en Mystical Poems of Rumi
Traducción de A. J. Arberry