Si recordamos que Dios se basta a sí mismo,
sin protesta obedecemos.
Si lo recordamos, sudaremos sangre
ante la perseidad de Dios, clamando auxilio.
Si el orden hubiera surgido de la perseidad,
la esperanza de los muy puros sería anonadada.
Cuando mañana ante ese tribunal supremo
retumba el tambor de la eternidad,
¿Quién en todo el universo, se atreverá a presentar esa moneda de tan mala ley?
El libro de los secretos.
Farid al-Din Attar.
Ante la Perseidad de Dios
Farīd al-Dīn 'Aṭṭār nos conduce hasta uno de los umbrales más altos de la contemplación: la Perseidad de Dios.
La perseidad significa el ser que existe por Sí mismo, sin depender de nada ni de nadie. Todo cuanto conocemos ha recibido la existencia; solo Allah posee el Ser por Sí mismo. Él no necesita de la creación para ser, mientras que toda la creación depende de Él a cada instante.
Esta realidad resplandece en uno de Sus más sublimes Nombres:
Al-Qayyūm (ٱلْقَيُّوم): Aquel que subsiste por Sí mismo y por quien todo subsiste.
Por ello escribe 'Aṭṭār:
«Si recordamos que Dios se basta a sí mismo,
sin protesta obedecemos.»
Cuando el corazón contempla esta verdad, cesa la discusión con el destino. El nafs deja de reclamar derechos, pues comprende que todo cuanto posee es un don. La obediencia deja de ser una carga y se convierte en el reconocimiento de la Realidad.
Pero 'Aṭṭār da un paso más profundo:
«Si lo recordamos, sudaremos sangre
ante la perseidad de Dios, clamando auxilio.»
¿Por qué sudar sangre?
Porque cuando el velo del ego comienza a rasgarse y el corazón recibe un tajallī, una teofanía de la Majestad divina, descubre el abismo que existe entre la criatura y el Creador. No es un miedo común, sino el estremecimiento del alma que comprende que ninguna obra, ningún conocimiento, ninguna virtud puede sostenerla ante Allah.
En ese instante el buscador deja de confiar en sí mismo y clama únicamente por la Misericordia.
Esta contemplación encuentra un eco profundo tanto en la Biblia como en el Corán.
Ante la zarza ardiente, Moisés pregunta el Nombre de Dios y escucha:
«Dios dijo a Moisés: "YO SOY EL QUE SOY". Y añadió: "Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado a vosotros".»
(Éxodo 3:14).
El Corán narra el mismo encuentro desde la perspectiva del tawḥīd:
«En verdad, Yo soy Allah. No hay divinidad sino Yo. Adórame y establece la oración para recordarme.»
(Corán 20:14).
Es Dios quien pronuncia esas palabras. Solo Él puede decir «Yo Soy», porque únicamente Él posee el Ser por Sí mismo.
El caminante sufí no busca apropiarse de ese "Yo Soy". Al contrario, cuanto más se aproxima a Allah, más desaparece la afirmación del ego.
Entonces el corazón ya no dice: «yo soy».
Dice, sencillamente:
Él es.
Los sufíes expresan este secreto con una palabra de extraordinaria belleza:
Huwa (هُوَ).
Él.
Cuando el ego calla, el corazón descubre que solo Allah permanece.
Entonces aparece uno de los versos más desconcertantes del poema:
«Si el orden hubiera surgido de la perseidad,
la esperanza de los muy puros sería anonadada.»
Estas palabras no disminuyen la Grandeza de Allah; al contrario, exaltan Su Misericordia.
Si la creación fuese únicamente la manifestación de la Majestad absoluta, sin el despliegue de Sus Nombres de Misericordia, Compasión y Perdón, ni siquiera los más puros tendrían esperanza. Ninguna criatura podría presentarse ante la Perseidad divina alegando méritos propios.
Pero Allah quiso manifestarse también como Ar-Raḥmān, Ar-Raḥīm y Al-Wadūd.
La creación entera es un tajallī de Su Misericordia.
Por eso la esperanza nunca nace de nuestras obras, sino de Él.
Finalmente, 'Aṭṭār dirige nuestra mirada hacia el horizonte escatológico:
«Cuando mañana ante ese tribunal supremo
retumba el tambor de la eternidad,
¿Quién en todo el universo se atreverá a presentar esa moneda de tan mala ley?»
La "moneda de mala ley" no son solamente nuestros pecados.
Es también el ego que creyó poseer algo propio; la ilusión de autosuficiencia; el orgullo espiritual; la pretensión de presentarse ante Allah con derechos adquiridos.
Ante Al-Qayyūm, toda moneda acuñada por el nafs pierde su valor.
Solo permanece un corazón humilde, consciente de su pobreza, sostenido por la esperanza en la Misericordia del Único que verdaderamente Es.
Quizá esa sea la enseñanza más profunda de 'Aṭṭār:
El camino espiritual no consiste en engrandecer el yo, sino en dejar que el yo se vuelva transparente hasta reconocer, con absoluta humildad, que toda existencia procede de Allah y retorna a Él.
Y cuando el corazón comprende esto, ya no necesita proclamarse.
Solo contempla.
Y en el silencio de esa contemplación, toda su existencia pronuncia:
Él es.
Wa Allāhu a'lam.
Rumi en el corazón de El Amado.