Tus afanes por alcanzar lo que tienes garantizado, y tus descuidos al realizar lo que se pide de ti: pruebas de que las tinieblas
te velan el ojo del corazón.
— Ibn Ata Allah al-Iskandari
El ser humano pasa gran parte de su vida persiguiendo aquello que ya fue escrito para él, mientras deja en silencio aquello que Dios le ha confiado realizar. Es como quien corre desesperadamente detrás de su propia sombra, olvidando que el sol nunca ha dejado de iluminarlo.
Ibn Ata Allah al-Iskandari nos revela un secreto del camino: la verdadera pobreza no consiste en tener poco, sino en vivir cautivo de la inquietud. El nafs desea controlar el porvenir; el corazón despierto, en cambio, descansa en el tawakkul, porque sabe que el Sustentador jamás olvida a quien Él mismo ha creado.
Cada instante encierra un llamado divino. No se nos pedirá cuánto acumulamos, sino cómo respondimos al tajalli de ese instante; cómo acogimos la teofanía que se ocultaba tras una prueba, una espera, una alegría o una pérdida. Ahí se juega el verdadero viaje del espíritu.
Las tinieblas que velan el ojo del corazón no son la ausencia de luz, sino la ilusión de que todo depende de nosotros. Cuando ese velo comienza a rasgarse mediante el dhikr, la confianza y la entrega, nace la basira, la visión interior que reconoce la Mano del Amado incluso donde el ego solo percibía incertidumbre.
Existe también una dimensión escatológica en esta enseñanza: quien aprende aquí a confiar, comienza desde ahora a respirar el perfume del Más Allá. El Paraíso no será únicamente un lugar al que se llega; también empieza a revelarse en el corazón que ha dejado de disputar con el Decreto divino y ha elegido habitar la Presencia.
Que nuestro afán no sea alcanzar lo que ya nos está destinado, sino responder con amor a lo que Dios nos pide en este instante. Porque cuando el siervo se ocupa del Amado, descubre que el Amado siempre se ha ocupado de él.
"Ocúpate de Aquel que nunca deja de ocuparse de ti."
Rumi en el corazón de El Amado.