Hay palabras que no envejecen porque nacen de un corazón iluminado por la Revelación. Cuando Sayyidina Ali ibn Abi Talib dijo:
«Las personas son de dos clases: o son tus hermanos en la fe, o tus iguales en la humanidad», no estaba proponiendo una simple norma de convivencia, sino revelando una cosmovisión que brota del tawḥīd.
El Corán nos enseña que Allah ha honrado a los hijos de Adán (Corán 17:70). Antes de nuestras diferencias de lengua, raza o religión, todos somos criaturas que existen porque el Misericordioso las sostiene a cada instante. La existencia misma es una teofanía de Su Poder y de Su Misericordia; cada ser lleva el sello de su Creador, aunque no todos lo reconozcan del mismo modo.
Por eso el adab del creyente comienza en la mirada. No se trata de aprobar toda conducta ni de renunciar a la verdad, sino de contemplar al otro sin olvidar que también es una criatura de Allah. Quien pierde esta mirada termina viendo enemigos donde Allah puso seres humanos.
La historia del islam está llena de ejemplos en los que la nobleza del carácter abrió corazones más que la fuerza de los argumentos. El amor, cuando nace de Allah, no es debilidad: es una fuerza que reconoce la dignidad del otro sin abandonar la verdad.
El sufismo nos recuerda que el corazón pulido aprende a ver las huellas del Amado en toda la creación. Esa mirada no borra las diferencias; las ordena bajo una realidad mayor: todos pertenecemos a Allah y hacia Él regresaremos.
Quizá por eso la enseñanza de Sayyidina Ali sigue conmoviendo los siglos. Nos invita a vivir con un corazón lo bastante amplio para abrazar al hermano en la fe y respetar al igual en la humanidad. En ese adab florece una de las más bellas teofanías del Nombre Ar-Raḥmān, el Infinitamente Misericordioso.
Rumi en el corazón de El Amado.