El Susurro del Mendigo


«El Susurro del Mendigo»

En el dorado atardecer de Bagdad, un joven pasó por la puerta de una mezquita donde un viejo mendigo estaba sentado en silencio, con la cabeza inclinada y los labios moviéndose como si hablara con alguien invisible.
La curiosidad llevó al joven a acercarse.

—Viejo —le dijo—, ¿por qué te sientas aquí todo el día sin hacer nada?

El mendigo esbozó una leve sonrisa, con unos ojos que parecían contener océanos ocultos.

—No estoy sin hacer nada —respondió—. Estoy esperando a Dios.

El joven rió, creyendo que era una broma.

—¿Y alguna vez ha venido a encontrarte?

La sonrisa del mendigo se hizo más profunda, y una lágrima rodó por su mejilla.

—Cada día. Pero los hombres están demasiado ocupados mirando el oro y los rostros. Dios llega en silencio: como paz en un corazón inquieto, como perdón en un momento de vergüenza, como luz en los rincones oscuros del alma.

El joven quedó sin palabras. Se sentó junto al mendigo hasta que la brisa nocturna los envolvió a ambos.

—Enséñame a verlo —susurró.

El mendigo tomó su mano y dijo:

—Cierra los ojos al mundo. Siente el hambre de los demás, su dolor, sus lágrimas… y cuando tu corazón comience a doler no por ti, sino por ellos, ese dolor es Su llegada.

Esa noche, el joven soñó con el mendigo vestido de una luz radiante, susurrándole:

—Me encontraste como un mendigo, pero nunca fui pobre. Yo era el llamado de lo Divino sobre tu corazón dormido.

✨ Moraleja…

Cuando el corazón aprende a llorar por los demás, deja de esperar a Dios, porque esa compasión es Su presencia.

Una reflexión de Farhan Rashid