Gracias por tu lectura y por detenerte en un texto que, para muchos, puede ser desafiante.
En la obra de Rumi —y especialmente en el Mathnawi— la “muerte” nunca se entiende como un final trágico, sino como un retorno a la Unidad, una disolución amorosa del ego que nos separa.
Cuando Rumi dice que la muerte es “dulce”, no habla del final físico en términos literales, sino de la desaparición de la ilusión del yo, esa falsa identidad que nos hace sentir exiliados de nuestro propio origen. En persa, uno de los versos más citados es:
«باز آمدم، باز آمدم / از پیش آن یار آمدم»
“He regresado, he regresado; vengo del Amado, a quien pertenezco.”
Y también:
«إنّا لله وإنّا إليه راجعون»
“De Dios somos y a Él regresamos.”
Rumi retoma esta idea para recordarnos que la separación es un error de percepción, y que la muerte —física o simbólica— nos despierta a la verdad de que nunca estuvimos lejos.
***
La muerte no es amarga, sino dulce si se reconoce la unicidad “del que es”.
La muerte es externa y parece una separación, pero es interioridad y permanencia.
La muerte es la vuelta al hogar, del que nunca salimos, pero que olvidamos y tomamos como exilio.
Hacemos de nuestra vida separación, por ese error nuestro, la revelación dijo: “Ciertamente a Él regresamos”. Por nuestro error es un regreso.
La muerte nos libera del error. En vida nos sentimos separados, muertos regresamos a la unidad.
La muerte no es un castigo, ni un mal, sino una gracia, si la tomamos en toda su radical rudeza, porque nos muestra, con nuestra completa desaparición, que jamás fuimos lo que creímos ser, que lo que somos es la nada que nos muestra la muerte sin mitigación alguna.
Así la muerte es la gran maestra, la misericorde, para quien comprende; para quien no comprende es la gran calamidad, que se puede mitigar con creencias.
Mevlana Rumi
Mathnawi - Cantos de Eternidad