"No arrojéis vuestras perlas ante los cerdos"
Nuestra energía es la savia de la vida, el aliento de nuestro espíritu. Vibra, danza, crea.
Cada vez que la dispersamos buscando aprobación o intentando justificarnos ante quienes no están en sintonía con nuestra esencia, entregamos fragmentos de nuestro poder a manos incapaces de comprenderlo.
Explicarse significa, a veces, bajar la propia frecuencia para ser entendido por quien aún no escucha el lenguaje del corazón.
Es como verter luz en un vaso sin fondo.
Quien vive en baja vibración no puede percibir la verdad que vibra en nosotros, porque no la reconoce como suya.
Como dijo Rumi:
“El alma responde solo a quien habla su mismo idioma.”
Cada vez que intentamos justificarnos, elevamos al otro a un pedestal interior, convirtiéndolo en juez de nuestro valor.
Pero nadie puede juzgar lo que nace de la pureza del espíritu.
Jesús mismo enseñó:
“No deis las perlas a los cerdos, para que no las pisoteen y luego se vuelvan contra vosotros.”
La energía es sagrada,
y enviarla donde no es honrada es un acto de inconsciencia hacia uno mismo.
Aprender a custodiar la propia vibración significa reconocer el propio valor y permanecer fieles a nuestra paz interior.
La verdadera fuerza no está en defenderse,
sino en mantenerse centrado en la propia luz, incluso cuando los demás no la ven.
Porque la conciencia elevada no se justifica — irradia.
Y donde la luz irradia, toda necesidad de explicación desaparece.