Bismillāhir-Raḥmānir-Raḥīm
El encuentro de Ibn ‘Arabī con Khidr
Ibn ‘Arabī menciona que se encontró con Khidr —el guía oculto de los gnósticos sufíes— tres veces.
Su primer encuentro lo relata de la siguiente manera:
Primer encuentro
«Era al comienzo de mi aprendizaje. Mi shaykh, Abū al-Ḥasan, atribuyó cierto conocimiento a una persona. Todo ese día estuve en desacuerdo con él sobre ello, una y otra vez.
Cuando lo dejé y me dirigía de regreso a mi casa, encontré a una persona de extraordinaria belleza que me saludó y dijo:
“Las cosas que tu maestro te dijo eran correctas; acéptalas.”
Corrí de vuelta a mi shaykh y le conté lo sucedido. Él me dijo que había pedido a Dios que Khidr viniera a confirmar su enseñanza.
Al escuchar esto, decidí para siempre no volver a disentir con él.»
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Segundo encuentro
«Estaba en el puerto de Túnez a bordo de un barco. Una noche no podía dormir, y salí a pasear por la cubierta. Observaba la luna llena, hermosa y radiante, cuando de pronto vi a un hombre alto, de barba blanca, acercándose hacia mí… caminando sobre el agua junto al barco.
Me quedé asombrado. Se detuvo frente a mí y puso su pie derecho sobre el izquierdo en señal de saludo. Me di cuenta de que sus pies no estaban mojados. Me saludó, me dijo unas pocas palabras y luego se dirigió hacia la ciudad de Manāris, que estaba en una colina cercana. Para mi sorpresa, avanzaba una milla con cada paso.
Desde la distancia podía escuchar su hermosa voz recitando el dhikr.
Al día siguiente fui a la ciudad, donde un shaykh se me acercó y me preguntó cómo había sido mi encuentro nocturno con Khidr y de qué habíamos hablado.»
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Tercer encuentro
«El tercer encuentro con Khidr ocurrió en una pequeña mezquita en las costas del Atlántico, en España, donde yo realizaba la oración del mediodía. Me acompañaba un hombre que negaba la existencia de los milagros. En la mezquita había algunos viajeros más.
De repente vi entre ellos al mismo ser que había visto en Túnez: el hombre alto, de barba blanca. Tomó su estera de oración hecha de paja, se elevó cuatro metros en el aire, y realizó su oración allí arriba.
Luego descendió y se acercó a mí para decirme que lo había hecho como demostración para el escéptico que iba en mi compañía, aquel que negaba los milagros.»